“En la Venezuela actual hay peores cosas que estar muerto”: Alejandro Cegarra
Entrevista con el fotorreportero venezolano Alejandro Cegarra sobre su cubrimiento de la dictadura, de la migración latinoamericana y del primer mes de Caracas tras la captura extrajudicial de Maduro. Hablamos de retratar un país que sufre represión y censura, de forjar relaciones humanas e íntimas con quienes fotografía y sobre cómo cultivar una mirada capaz de retratar a las personas con dignidad, incluso en los peores momentos.
Cegarra con frecuencia dice “el tiempo que nos tocó vivir”, pero no como una queja. Desde hace más de 10 años viene fotografiando la decadencia del régimen venezolano. Sus fotos han sido publicadas por The New York Times y The Washington Post. Sus fotografías sobre las revueltas y la cotidianidad de los venezolanos bajo el régimen y durante su caída, o de migrantes que cruzan la frontera, no solo contienen escenas de incertidumbre y dolor. Muchas fotos presentan escenas de calma, de ternura, de cuidado. Un beso entre dos jóvenes migrantes sobre un tren, quienes se enamoraron en el camino, por ejemplo.
A un metro de distancia
Fotorreportaje sobre la Primera línea de Metro de Bogotá.
Lleva casi 15 años en el oficio, desde que hizo pasantías en un diario en Venezuela como reemplazo de fotógrafos. “Fue un llamado, no podía parar”, y soltó la carrera de publicista que estudiaba para seguir tomando fotos, conociendo gente. “La fotografía me salvó de una vida de mediocridad”.
Su trabajo fotodocumental oscila entre lo artístico y de largo plazo, y las noticias del día, como frecuentes comisiones para The New York Times. Nos demoramos en hacer la entrevista porque Cegarra estaba en Caracas, trabajando, y sólo pudimos conversar cuando regresó a la Ciudad de México, donde ahora vive con su pareja y dos perras. “Estuve tres meses en Caracas, estoy poniendo mi vida en orden, no tenía ni luz en la casa, estoy haciendo malabares”. A pesar de todo, sacó algo de tiempo mientras paseaba a sus perras por el parque.
Aquí la entrevista:
Empecemos por el final. Sus trabajos más recientes han sido en Venezuela. Este año fotografió la liberación del Ángel Godoy, prisionero político; tomó fotos a los escombros y a los heridos por el bombardeo de EEUU en La Guaira. A finales del 2024 hizo una pequeña radiografía de Caracas a la espera del ataque estadounidense, cubrió protestas contra los resultados electorales y una historia sobre los últimos chavistas. Además, en Estado de Decadencia, retrata los estallidos y la cotidianidad de los venezolanos, entre el 2013 al 2017, desde la muerte de Hugo Chavez, pasando por el ascenso de Maduro y la crisis económica del país. ¿Cómo ha sido cubrir el régimen chavista en los últimos años?
El último año ha sido el más difícil. La represión y el encarcelamiento como herramienta política se popularizó en el gobierno, es muy difícil trabajar por cuenta de la censura y la autocensura. Incluso hay proyectos que han salido sin mi crédito por seguridad. Trabajar en Venezuela se ha vuelto más lento. Trabajamos en espacios confinados, donde la cámara no está visible a todo el mundo. Para mí, en la Venezuela actual hay peores cosas que estar muerto. No le tengo miedo a morirme, pero le tengo miedo a morirme en un calabozo del gobierno venezolano. Se juega con la presión de cubrir esta gran noticia mundial, con las expectativas del editor, de trabajar con los compañeros periodistas y al mismo tiempo, con este miedo de ir a la cárcel.
Estado de decadencia, Alejandro Cegarra
Usted ha trabajado en Venezuela antes y después de la captura extrajudicial de Maduro. ¿Alcanza a sentir algún cambio en el país y en el oficio periodístico?
A un mes del ataque, te sigue reportando dentro de las líneas de lo que el gobierno considera aceptable. No es que no estemos retando su retórica, pero hay unas líneas muy claras que no se pueden cruzar. Dentro de Venezuela, que tiene un estado de excepción después del ataque, hay menos derechos de los que había antes. El cambio más grande sucede en el plano político: el chavismo trata de justificar la captura y la extracción de Nicolás Maduro, tratan de mantener la disciplina en sus bases, que tengan obediencia, mientras Estados Unidos está negociando con la pistola cargada. La vida diaria no cambió. Llegué y encontré una ciudad con los mercados abiertos, con mucho chisme. La vida continúa dentro de la precarización, con una economía deprimida, con falta de libertades personales, falta de derechos. Como periodista, los primeros días fueron muy complicados. El régimen vio en el periodismo un enemigo otra vez. Pensaban que nosotros habíamos colaborado, pero era todo lo contrario. A nosotros también nos agarró con la resaca de Año Nuevo. El 5 de enero detuvieron a 14 periodistas en la calle, simplemente por estar con una cámara. Se trabaja con mucho miedo en Venezuela. Yo admiro mucho a los colegas locales. Son personas con mucho coraje porque el periodismo venezolano no te deja ni riqueza, ni renombre y estás poniendo en riesgo tu vida y tu libertad y la de tus seres queridos.
Estado de decadencia, Alejandro Cegarra
¿Cómo se ha enfrentado a esa dificultad de la censura y la represión?
En Venezuela siempre se trabaja a puerta cerrada. Tienes que hablar con una persona que te lleva a otra persona, quien te lleva a su casa, y de esa casa vas a otra casa. Nunca ha sido posible trabajar al aire libre. Deambular y preguntar cosas no es aconsejable en Venezuela. Por ejemplo, el reportaje sobre la liberación de Ángel Godoy salió así. Habían anunciado la liberación de los presos políticos y nos fuimos a la cárcel El Helicoide y no estaba ocurriendo nada. Hicimos un reportaje sobre las familias que esperaban la llamada de excarcelación. Una de esas familias nos invitó a estar con ellos en el momento en que recibieron a Ángel. Logramos un espacio de intimidad con ellos. En las fotos él revisa por primera vez su casa. Ese es el patrón que trato de conseguir constantemente, estos espacios donde la gente baja las defensas y se permite ser sí misma. Ante la censura en las calles, nos vamos a las casas, a contar la historia de Venezuela desde el hogar.
El otro lado de la torre, Alejandro Cegarra
Hay una historia que se sale de esta lógica de contar Venezuela desde el hogar, “Bajo la creciente presión militar, Caracas se mueve a su propio ritmo”, una serie de viñetas con pequeños textos de la gente de Caracas bailando, de los grafitis en los barrios, la playa, todos a la espera del ataque estadounidense. ¿Cómo logra este proyecto?
Esa idea tuve que pelearla en el periódico porque el editor me decía “no veo cómo puedes fotografiar que nada está pasando”, porque todavía no sucedía el ataque. Yo le decía, “no es que nada esté pasando, todo está pasando, solo que Caracas lo ignorará”. Al final me dejó escribir en primera persona, ahí descubrí de qué se trataba el proyecto. Estos pequeños parpadeos mostraban una Caracas que se hacía la loca. Antes, cada vez que ocurría algo pequeño, todo el mundo guardaba comida, pero ahora la economía está tan deprimida que no te permite hacer esto. El proyecto es sobre gente habitando el momento histórico que les tocó, pero al mismo tiempo es como si dijeran “es algo tan alto que no tiene nada que ver con nosotros, llegará el día en que nos invadan, el día que nos bombardeen, yo ese día me preocuparé por la comida de ese día, mientras tanto no puedo hacer nada”.
¿Cuál es su nivel de involucramiento con las fuentes, ahora que frecuentemente hace trabajos de puertas para adentro, más íntimos?
Es agotador. El estrés de trabajar en Venezuela es real, el riesgo es real. Pero es lento, como si alguien estuviese tratando de matarte con una cuchara. Al principio no duele tanto. Luego se acomula, tienes todo el cuerpo magullado. Lo veo en muchos colegas en Venezuela. Es un momento histórico de compromiso total que te lleva a descuidarte a ti mismo, a descuidar las rutinas que te mantienen sano física y mentalmente. Por mi parte, necesito hacer cosas fuera del trabajo. No dejar que Alejandro Cegarra el fotógrafo sea toda mi identidad. También ser novio, hijo, amigo. Soy fanático del ajedrez, es mi lugar más seguro, donde me puedo concentrar en movimientos de piezas. Eso y cuidar mi red de apoyo. En este trabajo es muy fácil sacrificar amistades, relaciones románticas, lo que sea. Lo hice muchos años, me alejé de gente que me importaba mucho. Si quiero hacer esto durante 10 años más, necesito cuidar esas redes de apoyo.
Además está el trauma secundario. Soy una persona muy visual, es muy fácil para mí imaginarme lo que me cuentan y me cargo de un trauma que no es mío, pero al mismo tiempo no lo puedo rechazar. Es una empatía al extremo que se vuelve trauma. Mi terapeuta me me dijo, “Ale, lamento mucho lo que has tenido que escuchar, pero tienes que recordarte que tú no viviste eso, tú no estuviste en una celda de tortura”.
El otro lado de la torre, Alejandro Cegarra
En una entrevista del 2024 de Últimas Noticias, justo el diario en el que por primera vez fue fotógrafo, hablaba de la no crueldad, de no imponerse con la cámara. Quisiera preguntarle puntualmente ¿qué significa esa no crueldad y cómo le ha servido en su trabajo?
Me formé fotográficamente viendo los clásicos de este hemisferio. Sebastião Salgado, por ejemplo. Si bien todas sus fotos son increíbles, las composiciones son legendarias, atemporales, al mismo tiempo había una aproximación a la gente como si la gente fuese desechable. Había un profesor que me decía que un retrato es una conversación entre el fotógrafo y quien es retratado. En este trabajo, muchas veces vamos a fotografiar a alguien que está pasando por los peores días de su vida. Al tipo que le cayó la bomba en su casa, que se le murió la vecina con quien había crecido, está pasando por un día de mierda. ¿Vas a venir a explotar eso, no el nombre de la información, sino a tu nombre personal? ¿No vas a tener la consideración de hablar con el señor, de disculparte por estar ahí? En estos casos yo les digo, “me da mucha pena que nos hayamos conocido en esta circunstancia, ojalá nos hubiéramos conocido jugando dominó, pero nos tocó vivir esto a los dos. Usted, por sus circunstancias, yo porque es mi trabajo”. A estas personas no las puedes retratar de una forma que las disminuya. Retrata el sentimiento que están sintiendo, como pérdida total o descontrol, porque tienes que ser genuino con lo que está viendo, pero al mismo tiempo, el cuadro que decías entregar al mundo, intenta que retrate resistencia, dignidad.
El otro lado de la torre, Alejandro Cegarra
Hablemos de la mirada en su trabajo, que se relaciona con esta no crueldad, con esta dignidad, de la que antes ha hablado. Esta práctica de dignificar es muy evidente en sus proyectos de largo plazo, donde incluso la ternura está presente. A veces hay una mirada infantil, como de quien ve algo por primera vez. En El otro lado de la torre, ganadora del Premio Leica Oskar Barnack (Newcomer Award), retrata la intimidad de las familias que habitan la torre de David, un rascacielos abandonado en el centro de Caracas. En los medios se decía que era un epicentro del crimen, pero usted encontró familias, risas, una comunidad en búsqueda de resguardo. ¿Cómo logra esa intimidad? ¿Cómo logra entrar en estos espacios privados sin que la cámara incomode?
[“Venga chiquita”, le dice a una de sus perras]
Me gusta esto que dices de ver algo por primera vez. La torre de David fue una revelación para mí, como esas revelaciones religiosas. Me formó fotográficamente y como humano; yo apenas tenía 22 o 23 años. ¿Cómo entrar en estos espacios íntimos? Muchas charlas, mucha conversación, escuchar y compartir. Ser una mosca en la pared se logra al crear un vínculo con las personas, al estar tan seguido tantas veces que ya se olvidan de ti y obtienes finalmente esa fotografía que buscabas. Para mí no hay nada más sagrado que el momento en que alguien me invita a su hogar. Robert Capa decía que si tus fotografías no son lo suficientemente buenas, no estás lo suficientemente cerca. Para mí, es porque necesitas estar suficientemente cerca emocionalmente. O sea, que en verdad te importe lo que estás fotografiando.
El otro lado de la torre, Alejandro Cegarra
En su más reciente proyecto personal, Los dos muros, ganadora del Premio Leica Oskar Barnack y del World Press Photo, acompaña a migrantes a cruzar la frontera entre EEUU y México. En las fotografías logra escenas similares, personales y emotivas, pero a cielo abierto. ¿Cómo logra retratar momentos así, aparentemente sin importancia, también en contextos de alta presión? Me refiero a fotos como la de la pareja que se besa sobre el tren, o la del hombre que flota apaciblemente sobre un río.
La memoria histórica colectiva es como una pirámide. Cada fotógrafo y cada artista pone su ladrillo. Yo me preguntaba por estas personas que migraban a EEUU, ¿qué los define como humanos en esos momentos de estrés y dificultad? Eso era lo que buscaba: fotografío sentimientos humanos universales en este contexto de migración. ¿Qué significa la intimidad cuando estás a cielo abierto? Momentos de autocuidado, de pausa, de amor, de presencia. Por ejemplo, la foto de los enamorados es una foto que estuve buscando muchos años. Cada vez que salía a trabajar, preguntaba, “¿por aquí no hay una parejita que se enamoró en el camino?” y esta los encontré sobre el tren. Busco definir qué es lo que quiero transmitir antes de salir. ¿Quiero transmitir bondad, amor, resiliencia?
Los dos muros, Alejandro Cegarra
En un reportaje sobre cómo la frontera entre EEUU y México, antes repleta de migrantes, ahora estaba desolada, usted encontró muy pocas personas para retratar. Una foto presenta una Biblia abandonada por algún migrante, entre el polvo de la tierra. La Biblia justo muestra la siguiente frase: “necesito descanso”. ¿Cómo empezó a fijarse en esos detalles?
Me acuerdo de ese reportaje y de esa Biblia porque yo estaba muy cansado personalmente. Venía de una mala racha y me encuentro con una Biblia, abandonada en el suelo que dice “necesito descanso”…me tomé unos meses libres porque era un mensaje. Esas fotos las logré por dos cosas. Primero, por seguir buscando, por la presión del periódico. Un editor previo me decía “yo publico fotos, no publico excusas”. Como no había personas, me fijé en lo que dejaron atrás, los símbolos de esa ausencia. Segundo, esa mirada se va cultivando con los años. Yo siento que en mi trabajo se nota mucho cuando estoy involucrado.
[Entra a su edificio, llama a las perras para que entren]
Ahora sí, vayamos al principio. Usted estudió publicidad, ¿por qué decidió tomar fotos en Últimas noticias?
Encontré mi vocación, así de simple. Estaba estudiando, encontré esta pasantía en Últimas Noticias, donde remplazaba a otros fotógrafos. Mi primer día como fotógrafo fue el Primero de mayo de 2012. No pude parar, me encantaba estar afuera fotografiando, conociendo gente, y me decía a mí mismo “no puedo ser publicista”. Después de probar tanta libertad, no había manera de que yo regresara a una oficina. Recuerdo que tuve discusiones con mi padre porque él no quería que yo fuera fotógrafo. Le daba miedo, pavor. Todos en mi familia son ingenieros, arquitectos. Y yo salí artista. Poco después hice El otro lado de la torre, y cuando lo publicaron fue una validación del mundo, como si me dijera “este muchacho es bueno en esto”. Siempre digo que la fotografía me salvó de una vida de mediocridad. Yo no sabía qué iba a hacer con mi vida, estaba medio perdido. Esto me dio un norte muy específico y reafirmó algo que yo siempre quise tener: un compromiso con la humanidad. Estoy ayudando a contar el pedacito de tiempo que me tocó vivir.
Los dos muros, Alejandro Cegarra
Dígame tres prácticas claves que le hayan permitido crecer en su carrera, llegar a más lugares, contar mejores historias y más profundas…
Primero, rodearse de gente que no sean fotógrafos ni periodistas. Hay que rodearse de poetas, escritores, artistas de otros ámbitos. Tengo un amigo que aprecio mucho, es chef con estrella Michelin. Veo su búsqueda por la perfección en lo que hace y me inspira en mi fotografía. Segundo, mis amigos más cercanos tienen trabajos de oficina, priorizan la familia, la comunidad, el bienestar. Eso me recuerda que también merezco tener paz. Tercero, tener mucha constancia, mucha paciencia. Este trabajo es un maratón terriblemente largo de cómo desarrollas tus fuentes, accesos, una relación empática con estas con las personas que están fotografiando. Al mismo tiempo tienes que ser tu mejor admirador y tu peor editor. Hace falta mucha introspección en esta en esta carrera. Siempre le pregunto a mi editor, “¿qué puedo haber hecho mejor?” Después me siento a ver mis fotografías y digo, “Bueno, ¿qué pude haber hecho mejor?” No hay que dejar que el estrés sea el que lidere, sino que hay que preguntarse cómo ir más profundo, qué dejar ir más rápido. Por último, ver muchas fotografías, tratar de analizarlas, e inspirarse con la vida de otros artistas, estudiar sus ansiedades y métodos. Todo sirve para seguir. Cuando fue el ataque de EEUU, mi novia se impresionó cuando empecé a empacar. Yo digo que ella es una civil porque no es ni militar, ni policía, ni periodista. Ella me dice, “no mames, ¿en serio te vas a ir para allá ya?”. Yo le respondo, “¿si no, cuándo?”. En eso estamos.