La Colombia que aprendí desde las voces de las mujeres

Cuando me piden describir mi nación colombiana pienso en tres escenas. Una cocina llena de voces de mujeres.
Una calle donde camino con determinación, aunque me dé miedo.
Un país que se reinventa a través de las que nunca dejaron de resistir. Y dice así…

por

Yulieth Alejandra Chacón


20.02.2026

Portada: Juliana Terán

Somos ese relato que cada uno nos hacemos, en este especial Colombia-Bogotá tenemos testimonios de jóvenes que intentan encontrar sentidos en sus vidas, querencias en sus destinos, ironías en sus sufrimientos. Hay de todo, pero sobre todo mujeres, muchas mujeres, mujeres construyendo. Hay de todo, pero sobre todo risas, historias, ganas, comidas, atrevimientos para sobrevivir con dignidad. Hay de todo, pero sobre todo violencias. Hay de todo, pero sobre todo, ausencia de Estado. Bienvenidxs a Destino Colombia

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Mi nación colombiana empezó mucho antes de que yo pudiera ponerle nombre. Empezó en las manos de las mujeres que me criaron, en esos gestos que parecían pequeños pero que sostenían el mundo. Yo crecí pensando que Colombia era el sonido del fogón en la cocina, el olor a café recién hecho y las conversaciones largas donde mi mamá, mis tías y mi abuela hablaban de todo, de política, de la vida dura, de los sueños que se habían aplazado y de los que aún estaban dispuestas a pelear.

Cuando pienso en mi país, lo primero que aparece no es un mapa, ni una bandera, ni un presidente. Lo primero que aparece es la imagen de mi abuela acomodándose el cabello mientras decía, sin darse cuenta de que estaba definiendo toda una filosofía, que “aquí las mujeres aguantan, pero también mandan”. Y yo, sin entender del todo, empezaba a sospechar que en Colombia la historia oficial siempre iba una página detrás de la historia real.

La historia real era esa, mujeres que resolvían lo que otros complicaban, mujeres que sostenían familias enteras con paciencia y carácter, mujeres que habían aprendido a caminar con miedo, pero sin detenerse. Crecí viendo cómo mi madre convertía el cansancio en alimento, cómo mis tías hacían chistes para disimular las preocupaciones, cómo mis vecinas se daban ánimo aun sin conocerse bien. Ahí descubrí que mi nación era femenina, aunque casi nunca la nombrara así.

Cuando salí a caminar mis propias calles, Colombia me habló con un tono distinto. Era un país amplio y estrecho al mismo tiempo. Amplio porque podía contener todos los acentos y todas las maneras de ver la vida. Estrecho porque, como mujer, siempre había una esquina donde debía acelerar el paso. Sin embargo, en cada rincón encontraba una chispa que me recordaba lo otro, la fuerza, la creatividad, la risa que aparece incluso cuando no hay motivos. Las mujeres de este país siempre encuentran una manera de hacer espacio donde parece que no lo hay.

En los buses, por ejemplo, escuchaba conversaciones que parecían canciones improvisadas, la señora que contaba cómo había sacado a su hijo adelante, la muchacha que decía que quería estudiar aunque nadie se lo creyera, la niña que jugaba a ser grande mientras imitaba a su madre sin saberlo. Esas voces me fueron armando una Colombia que no salía en los noticieros, pero que era más real que cualquiera de las que se muestran allí.

También estaba mi propia experiencia, mis propios tropiezos. Aprendí temprano que ser mujer en Colombia es una mezcla de alerta y orgullo. Alerta porque el país no siempre es amable. Orgullo porque aun así las mujeres seguimos aquí, empujando las puertas que no se abren solas. Y en esa mezcla entendí que la nación que me toca a mí no es solo un territorio, es un linaje. Una forma de caminar, de hablar, de sostener a otros, de inventarse fuerzas nuevas cuando las viejas se acaban.

Últimamente he comprendido algo más, que Colombia también existe en lo que deseamos transformar. Mi nación no es solo lo que heredo, sino lo que cuestiono. No solo lo que recibo, sino lo que intento mejorar para las que vienen detrás de mí. Si algo me ha enseñado este país es que las mujeres somos memoria y futuro al mismo tiempo. Somos las que guardan la historia y las que deciden romperla cuando ya no sirve.

Por eso, cuando me piden describir mi nación colombiana, pienso en tres escenas. Una cocina llena de voces de mujeres. Una calle donde camino con determinación, aunque me dé miedo. Un país que se reinventa a través de las que nunca dejaron de resistir.

Esa es la Colombia que conozco, una nación construida desde las orillas, desde los márgenes, desde los gestos que no salen en los retratos oficiales. Una nación que no termina de curarse, pero que avanza porque sus mujeres la empujan. Una nación que a veces duele, pero que también abraza. Una nación que vive en mí y que, al contarla, intento entender y honrar.

Esa es mi crónica, mi testimonio.

Esa es la Colombia que me hizo.

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Yulieth Alejandra Chacón


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