‘Lo que quiero decir’: el deseo y su potencia política en la obra de Luis Caballero y Felipe Lozano
La exposición ‘Lo que quiero decir’ hace una retrospectiva a la obra Luis Caballero y la pone en diálogo con la obra de Felipe Lozano para hablar de cuerpo, deseo y erotismo en la era de la saturación digital.
por
Isabella Daza
15.08.2025
Fotografía serie Ruido (2025) de Felipe Lozano. Óleo sobre lienzo.. Todas las fotos son de Isabella Daza.
Este año se cumplen 30 años de la muerte de Luis Caballero, el artista rupturista del siglo XX que nos dejó como legado imágenes potentes sobre el erotismo homosexual masculino. Su obra, cargada de intensidad corporal, dolor, deseo y belleza, se convirtió en un acto de resistencia visual frente a un sistema de exclusión que negaba la existencia y legitimidad de sexualidades diversas.
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En la exposición Lo que quiero decir, presentada en La Galería El Museo (abierta hasta el 6 de septiembre), convergen óleos, grafito y tinta china en formatos que van de lo íntimo hasta lo monumental. La obra de Caballero entra en diálogo con la de Felipe Lozano, artista que explora las tensiones del cuerpo queer en el mundo contemporáneo desde el éxtasis y la fragilidad. Lozano representa el cuerpo masculino desde nuevas subjetividades, cuestiona la inmediatez con la que hoy se consume el deseo y desafía la moral que reduce la sexualidad a un mero medio para la reproducción. Así, la exposición reivindica el derecho a la autorrepresentación queer sin filtros ni exotismos, y abre conversaciones urgentes sobre la construcción de imágenes eróticas, el valor del archivo íntimo, el lugar del placer en tiempos de hiperconectividad y consumismo, y las poéticas que emergen del cuerpo como territorio político y sensible.
Entre lo inefable y lo tangible
El trabajo de Luis Caballero escapa a toda lectura puramente formalista: sus dibujos no buscan deslumbrar por virtuosismo técnico, sino por una carga expresiva que resquebraja la superficie del papel y deja emerger una experiencia del deseo que es al mismo tiempo éxtasis y condena. En sus cuerpos tensos, abiertos, a veces lacerados, no hay erotismo como espectáculo, sino una melancolía del deseo que no encuentra lugar donde asentarse, que desborda al cuerpo y lo empuja al límite de su representación. Caballero no ilustra la homosexualidad: la enfrenta, la atraviesa, la convierte en campo de batalla sensible a través de la creación, resistencia y memoria.
Lozano apela a cierto figurativismo pero también se apoya en recursos artísticos y simbólicos que abstraen ciertas partes de la imagen para retratar lo inefable del placer, el deseo, el dolor, donde las categorías se funden en los cuerpos deseantes y deseados rendidos por el placer y el dolor. En el diálogo de ambas obras se hace tangible “el cuerpo como un umbral, como un territorio donde se cruzan lo sagrado y lo carnal, lo sublime y lo monstruoso” como es dicho por Lozano en uno de los textos curatoriales.
Notas de la autora.
Fotografía obra sin título (1987) de Luis Caballero. Grafito sobre papel.
Fotografía obras Delirio Carnal 5 y 2 (2024), Felipe Lozano. Óleo sobre lienzo.
El cuerpo como símbolo más allá de la culpa
Desatanizar el cuerpo y usarlo como materia expresiva de abstracciones y emociones complejas equivale a un acto de transgresión silenciosa. Ambos artistas trabajan con el cuerpo no como objeto de culpa, sino como superficie que contiene y transmite tensiones sociales como el dolor, el placer, la violencia, el rechazo, la melancolía, que vive, goza y sufre en sociedad. Así, lo sensible se convierte en trinchera: una trinchera que no necesita de la consigna para resistir, porque su potencia está en hacer del deseo una forma de lenguaje, en mostrar que el cuerpo no es sólo territorio de placer o castigo, sino un lugar de elaboración simbólica de lo que socialmente se reprime.
Frente a los referentes clásicos del canon occidental —las esculturas grecorromanas, la simetría idealizada, el contraposto y la proporción áurea que exaltan la fuerza, la virilidad y el dominio—, las representaciones de Caballero y Lozano eligen lo contrario: cuerpos que no buscan imponerse, sino rendirse al placer. En lugar de la monumentalidad del cuerpo heroico, emergen figuras marcadas por el reposo, la fragilidad, el temblor o el éxtasis sin artificios. Ofrecen visualizaciones de masculinidades vulnerables, deseantes y abiertas a lo íntimo, permite imaginar existencias no normativas y formas de habitar el cuerpo más allá del mandato patriarcal, ya que ensancha así el campo simbólico de lo masculino: lo libera de las ataduras del poder, de la dureza, de la obligación de performance. En tiempos donde la masculinidad sigue estando asociada a la represión afectiva y al control, estas imágenes no proponen respuestas cerradas, sino fisuras. Y es allí, en esa grieta, donde aparece lo verdaderamente transformador.
«Frente a los referentes clásicos del canon occidental —las esculturas grecorromanas, la simetría idealizada, el contraposto y la proporción áurea que exaltan la fuerza, la virilidad y el dominio—, las representaciones de Caballero y Lozano eligen lo contrario: cuerpos que no buscan imponerse, sino rendirse al placer».
La representación erótica y el porno
Esta exposición también nos lleva a cuestionar cómo es representado el deseo hoy. En una época marcada por la ubicuidad de la imagen digital, la pornografía se ha convertido en uno de los principales dispositivos pedagógicos del deseo. Más allá del tabú que la rodea, el porno mainstream moldea afectos, prácticas, cuerpos y expectativas, instaurando una visualidad estandarizada del placer que, lejos de liberar, muchas veces reduce, violenta y normaliza jerarquías. La repetición incesante de ciertas narrativas —penetración como clímax único, cuerpos normativos, dominación masculina, hipersexualización de lo femenino, racialización del deseo— no solo produce imaginarios, sino que los impone como única posibilidad. Se trata de una economía del deseo acelerada, que no deja espacio para el silencio, la ambigüedad, la espera o la diferencia.
Este consumo desmedido, automatizado y pulsional de imágenes ha provocado una paradoja inquietante: la sobreexposición ha vaciado al erotismo de su potencia. Al estar el deseo constantemente estimulado, reducido a estímulo-respuesta, ha perdido su dimensión simbólica, poética, inasible. Lo erótico —como espacio de juego, de misterio, de tensión y espera— muere cuando el placer se vuelve inmediato y programado. ¿Aún es posible desear verdaderamente en un mundo saturado de placer artificial?
Fotografía obra Delirio Carnal 4 (2025), Felipe Lozano. Óleo sobre lienzo.Luis Caballero. Carboncillo sobre papel entelado.Fotografía obra sin título (Para Roda), Caballero. Lápiz sobre papel.Fotografía obras Nadie 1, Nadie 2, Wellness para mártires (2025), Felipe Lozano. Óleo sobre lienzo
Frente a esta lógica extractivista del placer, obras como las de Felipe Lozano abren una grieta. Al pixelar, desenfocar o interrumpir imágenes pornográficas, Lozano no solo problematiza los códigos visuales de la excitación, sino que desestabiliza la promesa de visibilidad absoluta como sinónimo de liberación. Sus imágenes que «cargan eternamente», o que se presentan como error digital, exigen una temporalidad distinta: una en la que el deseo no es respuesta automática, sino espera, tensión, ambigüedad. En vez de ofrecer cuerpos disponibles al goce inmediato, sus piezas invitan a imaginar, a demorar, a sospechar. En lugar de estetizar la pornografía, la interrumpe, la hace opaca.
El gesto de Lozano y el impacto de Caballero resuenan con una necesidad urgente: producir o reintroducir a la contemporaneidad imágenes del deseo que no repliquen la violencia simbólica del porno comercial. Pensar en formas de erotismo que no cosifiquen o exoticen, que no perpetúen el binarismo de género ni reproduzcan los modelos patriarcales de dominación. Pero también plantea otra pregunta aún más compleja: ¿qué implica representar el deseo hoy, en un contexto donde incluso lo íntimo ha sido colonizado por el algoritmo?