El viacrucis hacia un árbol en cuidados intensivos en Ciudad Bolívar

Decenas de miles de personas se acercaron al icónico árbol del ahorcado, o árbol de la paz, durante el viacrucis del viernes santo. Acompañamos el viacrucis y escuchamos los testimonios de la gente sobre la importancia de este territorio y este árbol.
Fotoreportaje


Fotos por: David Augusto De Salvador

El sol se asoma a la distancia, sobre los cerros orientales, mientras en el otro extremo de Bogotá, junto a la parroquia Nuestra Señora de la Candelaria, las calles se colman de personas. En medio de locales y casas, familias enteras, con crucifijos, camándulas, sombrillas y gorras, se aglutinan. El suelo es todavía horizontal, pero justo hacia el suroriente se empiezan a empinar las calles. La cruz está en el piso todavía, y ocupa casi todo el carril de enfrente de la parroquia.

Desde los parlantes que están junto a la iglesia, un hombre dice “todos los feligreses de estas parroquias de Ciudad Bolívar se unen en este recorrido del árbol de la vida, recorrido que agrupa además personas de otras denominaciones religiosas”. A los costados ya se ven vendedores de chicha, y sobre las cabezas de la gente corre el crujido de la matraca.

La cruz blanca es preparada en medio de la multitud.

Desde los parlantes: “Al momento de llegar al árbol de la vida hay un perímetro de seguridad porque el árbol de la vida fue víctima de vandalismo, fue quemado el 11 de febrero, el perímetro es para cuidarlo”.

El último árbol en el borde:

La lucha ambiental por el Árbol del ahorcado en Ciudad Bolívar

Click acá para ver

A pesar de que el árbol está dentro de un lote privado, y de que es un Bien de Interés Cultural desde 2025, en medio de la noche su base fue incendiada hasta que el fuego lo atravesó. Esto causó la indignación de los líderes ambientales del barrio, y de las entidades distritales que iniciaron un protocolo de cuidado.


Jesus Vallejo, con su cabello completamente blanco bajo la gorra, parece recién llegado del campo. Está junto a la cruz. Le pregunto si es del barrio. “Llevo treinta y pucha de años”, dice con voz de quien arría una mula. Ciudad Bolívar, que empezó a hacerse a mano propia y sin planificación estatal previa, creció también como un árbol, desde la base hacia la altura. Cientos de personas como Vallejo llegaron acá escapando de la violencia sufrida en las zonas rurales del país, o con la esperanza de encontrar en la ciudad trabajos mejor pagados y una escuela más cercana para sus hijas e hijos. El barrio fue creciendo hacia los cerros, justo donde queda el árbol de la vida, antes conocido como árbol del ahorcado.

Un grupo de hombres, y una muchacha jóven, empiezan a colocarse camisetas blancas. Son quienes cargarán la cruz hasta la cima. “Desde 1985. Árbol de la paz”, dice la camiseta. Este Viacrucis puede convocar hasta 30.000 asistentes.

“¿Qué significa para usted el árbol?”, le pregunto a Vallejo. “Paz de los barrios. Que haiga paz, que nos comuniquemos todos. Se han visto muchas guerras que no han llegado a nada, solo se destruyen unos a otros. Por eso le pusimos ‘árbol de la paz’”, explica. 

“¿Escuchó que quemaron el árbol?” le pregunto. “Hasta ahora me entero, no sé por qué lo harían de adrede. Si no hay árboles, no hay nada”, responde.

Alzan la cruz. El recorrido tomará cuatro horas. Las calles empiezan a empinarse antes que la cruz.

El sol cae con fuerza, alguien a la distancia dice “llueve candela”. El paso del grupo es lento, y la cruz permanece en sus hombros cuando paran y rezan en cada una de las estaciones.

Justo enfrente del grupo va José Ángel Sáenz, su ojo izquierdo tiene un parche y el brazo libre, un cabestrillo. “Llevo más de 50 años en el barrio, desde el primer viacrucis ayudo a cargar la cruz”.

“¿Qué significa el árbol para usted?”, le pregunto. “Para nosotros significa que haya paz, tranquilidad, bastante vida, salud. Toda mi familia participa en el viacrucis, queremos que el árbol siga vivo”, dice él.

A medida que la cruz asciende, la gente que mira desde su cuadra se suma a la procesión. Llevan sombreros por el sol y ruanas por si acaso. Después de dos horas, Bogotá se va haciendo chiquita.
Algunas personas se acercan a la cruz y la tocan. Otros relevan a quienes necesitan un descanso.

Eladio Cano, uno de los que va en el medio, recibe agua de una familiar más joven. 

“¿Hace cuánto vive acá en Ciudad Bolivar?”. 

“45 años”, me dice.

“¿Desde hace cuanto carga la cruz?”. 

“45 años”, vuelve a decir.

“¿Qué piensa sobre el incendio que le causaron al árbol?”, le pregunto. “Es un crimen. Es un crimen quemar el palito”.

La mujer joven responde por él. “Ya van tres generaciones, padre, hijo y nieto, en este viacrucis hacia el árbol”.

A las tres horas aparecen los Cerros Orientales en el horizonte. El grupo de líderes ambientales Red de amigos y amigas de Cerro Seco, quienes han luchado por la conservación de este territorio, por su importancia simbólica y ambiental, acompañan la procesión con banderas blancas.
Tras quienes cargan la cruz va la multitud y Bogotá.

“Este año hay muchos periodistas”, dice y sonríe Miguel Niño, organizador del viacrucis hace 41 años. “Al árbol le han hecho tres atentados, pero ya lo declararon Bien de Interés Cultural. Sin embargo, el alcalde de la localidad me dijo que la compra del predio es un proceso entre el gobierno y personas particulares que es difícil”. El árbol se iza en el megalote “Las Azoteas”, avaluado en unos $80.000 millones de pesos, que tiene más de 300 hectáreas y le pertenece a Eduardo Romano y a su empresa, Grupo Malkenu. Los predios enfrentan procesos de extinción de dominio por presuntos vínculos con redes de “terreros” y figuras del narcotráfico, y la posesión del lote fue suspendida en 2025. 

Si bien el Decreto 555 de 2021 blinda el territorio al clasificarlo como un área protegida, porque el lote entró dentro de las 57,94 hectáreas de lo que sería el Parque de Borde Cerro Seco, el Grupo Malkenu demandó a la Alcaldía de Bogotá por más de 2 billones de pesos (porque un fallo procedimental y el cambio en el Plan de Ordenamiento Territorial presuntamente redujeron el valor comercial del predio y bloquearon un proyecto de inversión de 75.000 viviendas,).

“Antes se podía entrar libremente y ahora nos toca pedir permiso para entrar allá, pero mandamos los correos y pudimos. Esperemos a ver qué pasa ahora”, explica Niño. 

Al llegar al predio, la multitud cruza.
Toda la comunidad llena un lote al que solo pueden cruzar con permiso de privados.
A pocos metros del árbol se levanta la cruz. Quienes están al lado reciben una cuerda para ayudar, y quienes no tienen cuerda graban con sus celulares.
Mientras tanto, el árbol, que usualmente se llena de abrazos y plegarias, hoy parece la escena de un crimen, rodeado por cintas de peligro.

Lina Gaitán, referente de la malla verde (quienes gestionan lo relacionado con el arbolado) de la Alcaldía Local de Ciudad Bolívar, es de las pocas personas que están entre el perímetro de seguridad del árbol.


“El árbol fue vandalizado el pasado 11 de febrero. A raíz de esto, entidades como la Secretaría Distrital de Ambiente y el Jardín Botánico de Bogotá han traído equipos para verificar la estructura del árbol. Se encontró que el árbol está débil”, dice.

La mano de un niño le entrega una cruz a un funcionario de la Alcaldía Local, quien la lleva al borde del árbol.

Lina Gaitán, quien también está llevando cruces, explica que “se está haciendo una inyección unos nutrientes y fertilizantes para que el árbol pueda sobrevivir. Se puede decir que el árbol está en UCI, en Unidad de Cuidados Intensivos. Este cerramiento perimetral lo pusimos para proteger el árbol y conservar esta costumbre que se ha llevado hace más de 40 años. Si todas estas personas hubieran cruzado, habrían pisado las raíces con mucho peso, lo que pondría al árbol en riesgo”.

Deivid Corredor, padre del niño que dió la cruz para ser puesta en el árbol, mira desde el borde del perímetro con preocupación. “Llevo viviendo acá 37 años. Que lo intenten dañar ahorita, a semanas de Semana Santa, es terrible. Acá viene mucha gente, no solo de la comunidad, sino de todo el sector, de muchos lados. Quemarlo fue dañar algo histórico para nosotros, como si quisieran quitar las procesiones, donde venimos a compartir, y todo por la explotación de acá”, dice y señala las canteras al aire libre de la minería, que podrían haberse convertido en urbanización.

Solo este día se ven las canteras así, con familias.

Erika Villafañe cruza la cinta de peligro y abraza el árbol. Al salir, explica que “llevamos 40 años visitando el árbol de la vida. Es la  representación para nosotros ante un Dios que ahora no podemos abrazar. Este territorio lo quieren coger para construir, para armar una gran ciudadela. Pero hay mucha gente que no está de acuerdo, queremos que hagan un parque, que hagan un sitio emblemático, una gran iglesia, algo representativo para la comunidad. Es algo que necesitamos”.

Entre las cruces se ve el hueco que el fuego cabó entre el tronco.

Lina Gaitán afirma que “desde la Alcaldía Local de Ciudad Bolívar, el Jardín Botánico y la Secretaría de Ambiente estaremos haciendo visitas constantes al predio para validar el estado del árbol”.

“¿Va a haber algún tipo de seguridad para evitar que esto se repita?”, le pregunto. “Resulta que es un predio privado. A pesar de que es un árbol que fue declarado en 2025 como patrimonio, la Alcaldía Local no puede colocar seguridad”.
Lorena Setina, líder ambiental de la zona, explica que después del fuego la comunidad se organizó, y por sus propios medios, desde las ventanas de sus casas, toman turnos para vigilar el árbol. Dice que justo a la entrada del predio, durante el viacrucis, entregaron folletos sobre el incendio y este territorio. “Las personas estaban muy interesadas por el árbol, ‘¿pero qué hay que hacer?’, preguntaban, ‘¿a dónde firmamos? ¿Cómo lo cuidamos?’, nos decían. La invitación era seguir las redes de amigos y amigas de Cerro Seco.

Con el sol en su cénit, y la cruz en la cima, el cerro, antes yermo, queda lleno de personas que han crecido con el barrio y con el árbol.

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