Un relato de esa vieja llamada Colombia, esa tormenta que no pide permiso, esa mujer impredecible que se inventa a sí misma todos los días, esa que asusta, confunde y atrapa con su encanto desordenado … Y dice así:
por
Juliana Hurtado
13.02.2026
Portada: Juliana Terán
Somos ese relato que cada uno nos hacemos, en este especial Colombia-Bogotá tenemos testimonios de jóvenes que intentan encontrar sentidos en sus vidas, querencias en sus destinos, ironías en sus sufrimientos. Hay de todo, pero sobre todo mujeres, muchas mujeres, mujeres construyendo. Hay de todo, pero sobre todo risas, historias, ganas, comidas, atrevimientos para sobrevivir con dignidad. Hay de todo, pero sobre todo violencias. Hay de todo, pero sobre todo, ausencia de Estado. Bienvenidxs a Destino Colombia
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Cartagena: entre el Olimpo de la cultura y la ambrosía del frito
Cada año a finales de enero llegan a la ciudad dos tipos de personas: las que visitan el Hay Festival y los golosos que llegan con ilusión al Festival del Frito.
Conocí a Colombia hace unos 10 años, en Barrancabermeja, Santander. La vieja era muy alborotada, quería pelear todo el tiempo y se la pasaba sudando. El único momento en el que se le veía medianamente tranquila era cuando iba a comer mojarra frita con patacón y suero, y de vez en cuando se iba a alguna orilla del río Magdalena a bañarse la calentura un rato. Parecía que vivía en un eterno pleno 2 de la tarde, brillante, sudada, pegachenta y llena de energía, que ni ella misma sabía manejar.
Cuando quería llamar su atención, sus gritos atravesaban toda la ciudad, pero también sus silencios eran tan raros que asustaban.
Hay personas que la aman y otras que no la soportan. Una persona difícil, cansona, de esas que uno a veces quiere dejar botadas, pero que aun así vuelve a buscar.
En los cortos años que llevo de vida, ha logrado cautivarme con su caótica y hermosa forma de existencia, como si todo en ella fuera un incendio, pero un incendio al que uno no quisiera dejar de mirar morbosamente, a ver hasta cuándo puede resistir.
Desde un principio me generó intriga.
Conforme la fui conociendo descubrí que era bipolar, o más bien, multipolar.
La conocí en Bucaramanga y seguía siendo un poco alzada, pero emitía una energía fresca que mitigaba su bochorno. Tenía brisa, tenía aire, tenía algo más suave en el pecho. Pero igual era volátil, un día estaba meditando en una colina con vistas a los edificios, y al siguiente estaba puteando porque un bus no paró donde ella quería.
Es muy caprichosa la hijueputa.
Con los años he conocido sus diferentes etapas, y he de admitir que realmente me da mucho miedo y no la termino de entender, y realmente tampoco quiero hacerlo. Es como intentar leer un libro que cambia de páginas mientras lo lees: imposible de seguirle el ritmo, pero irresistible de dejar de ojear. Y esto cambiaba en cada ciudad en donde me la encontraba, la hijueputa se volvía súper coqueta y gánster en Medellín, y súper elegante y arrogante en Bogotá.
No quiero decir que es falsa, pero la vieja cambia su acento apenas medio se acerca a un nuevo territorio.
Su cabello es largo, larguísimo, y entre las hebras lisas se escapan juguetonamente un par que se enchurcan hasta la mitad de la extensión de las anteriores. Es desaliñado.
No se sabe qué cree querer ser. A veces parece indígena, otras costeña, otras paisa, otras extranjeras, y no es ninguna al tiempo que es todas. Tiene la mitad del cabello trenzado, como si hubiera dejado que distintas manos pasaran por su cabeza a lo largo de los años y ninguna hubiera terminado lo que empezó. Es como si intentase ser múltiples cosas al mismo tiempo, pero la cabeza no le da para tanto.
Su piel también es una mezcla de tonos y texturas. La de su rostro parece haber sido chispoteada agresivamente por diferentes tonos de beige y café, como si la hubieran pintado con una brocha distinta cada semana. Tiene un ojo más chino que el otro, pareciera que estuviese a punto de guiñarte el ojo constantemente. Se ve medio loca, puedes ver el desorden de su alma a través de sus ojos. Sus dientes están chuecos y algo amarillentos, y sus labios tienen un delineado natural que enmarcan su voluptuosidad. La verdad es un rostro que grita historia, mezcla, pelea, herencia y abandono, todo al tiempo.
Es muy coqueta. Le gusta moverse al ritmo de lo que suene y siempre encuentra algún paso que le coordine, así sea una cumbia mal tocada, un reguetón viejo, un tambor improvisado o un vallenato llorado.
Su risa es muy bullosa.
Esa hijueputa se ríe en una esquina y la escuchan a 10 cuadras. Y ríe por cualquier cosa, además: un chiste malo, un recuerdo triste, un comentario fuera de lugar. Súper vulgar, no hay una oración que diga que se salve de una grosería. Hasta orando se le escapa una que otra, y no se disculpa.
Su relación con Dios es compleja. Un día se entrega a él devotamente, alabándolo con las manos bien arriba y rezando 20 padre nuestros al día. Al otro, “está emputada con ese malparido” porque nada que consigue quien la contrate y la triple hijueputa EPS nada que le responde.
Es bien pobre la vieja, pero ella se parcha. Hace fiesta con lo que sea, una vela, con aplausos, con la voz. Aunque le dé mucha rabia y de vez en cuando crezca ferozmente su flama de revolución, al final dice que tiene lo suficiente y que debe ser agradecida. Y uno hasta termina creyéndole, porque tiene una capacidad incansable de convertir la escasez en una especie de magia cotidiana.
Esa vieja es Colombia. Muy contradictoria. Felizmente miserable. Se abraza con todo el mundo mientras está destrozada por dentro y cagada del hambre. Llora bailando y baila llorando. Puede gritar de rabia a las 10 y a las 10:05 estar cantando en una esquina con un desconocido. Yo sé, aunque no le gusta admitirlo, que en el fondo tiene mucho miedo… miedo a quedarse sola, miedo a no cambiar nunca, miedo a cambiar demasiado rápido, miedo a repetirse, miedo a perder a quienes quiere. Pero, aun así, se levanta y sale a la calle como si nada pasara. Me gusta verla porque no me siento sola, me veo reflejada en la hijueputa al final, que pena.
Y aun con todo ese caos, esa mezcla imposible, esa risa gritona y esa rabia permanente, hay algo en ella que no se deja abandonar. Colombia es una tormenta que no pide permiso, una mujer impredecible que se inventa a sí misma todos los días, a veces para bien, a veces para mal. Y aunque me asusta, aunque me confunde y aunque a veces me da ganas de mandarla a comer mierda, sigo atrapada en su encanto desordenado porque en su despeluque, en su pobreza digna, en su brisa caliente y en su risa que cruza barrios enteros, encuentro siempre una chispa que me dice que, a pesar de todo, esa vieja está viva. Y es que vale la pena quererla incluso así rota, intensa, irrepetible, cansona, testaruda, grosera, caótica, sucia, hermosa e irremediablemente ella, vale la pena esa vieja que es Colombia.