Un debate incompleto: la corta justificación del ELN para seguir con su guerra

Entre el 23 y 26 de febrero, el ELN decretó un paro armado que justificó como respuesta a una “guerra sucia” de parte de un Estado “narcotraficante y paramilitar”. Así ha justificado esa guerrilla su guerra. Pero sus argumentos son insuficientes ante las consecuencias y daños que traen sus acciones en los territorios.

por

Kyle Johnson

@KyleEnColombia

Cofundador e investigador de la Fundación Conflict Responses (CORE)


01.03.2022

Ilustración: Stefanía López

El Frente de Guerra Urbano Nacional (FGUN) del Ejército de Liberación Nacional (ELN) publicó recientemente un análisis que resume una de las ideas internas más importantes de ese grupo armado: que con las (malas) condiciones políticas, sociales, económicas y militares que atraviesa el país, su “lucha” está justificada. Así justificaron, en parte, el paro armado nacional que decretaron entre el 23 y 26 de febrero. Esta visión ha sido fortalecida por la lectura que el grupo armado hace del paro nacional en 2021, de las protestas del 21 de noviembre de 2019 y las del 9 de septiembre de 2020. Este argumento también es, en efecto, uno de los obstáculos intelectuales para la paz con esta guerrilla, porque si una parte importante del ELN cree que su lucha es justificada, no hay por qué negociar.

En el texto señalan que la lucha política actual desde “la oligarquía…ha sido de guerra sucia, es por ello que el campo popular ha visto la necesidad de desarrollar una fuerza insurreccional”. Esta idea no es nueva, pues es en parte por eso se creó el ELN en 1964, pero sí es una idea que conecta el panorama actual con un aspecto de la identidad política de esa guerrilla de entenderse como resistencia a un Estado “narcotraficante y paramilitar”.

En su declaración, el FGUN menciona los casos de abusos policiales y ataques de distinta índole a los manifestantes durante el paro de 2021, hechos que no están en debate pues están claramente documentados por diferentes actores de la sociedad civil, como Human Rights Watch y Temblores (así las cifras no concuerden entre todos). También resaltan los niveles de asesinatos de líderes sociales y de excombatientes, y relacionan el número de masacres en el país a una política estatal “de guerra contra el pueblo”.

La pregunta que esta guerrilla tendría que hacerse no es si la violencia es justificada o no, sino si es el mejor camino o si hace más daño que bien.

El análisis concluye diciendo que “A pesar de que la política del Narcoestado sea de guerra, el ELN seguirá construyendo una Colombia insurrecta junto al pueblo…seguiremos confrontando este terrorismo estatal, defendiendo fielmente los intereses de las mayorías”.

Esta justificación de la “insurrección” del ELN queda incompleta. La pregunta que esta guerrilla tendría que hacerse frente a esta realidad no es si la violencia es justificada o no, sino si la violencia es el mejor camino o si hace más daño que bien. No son la misma idea: la primera (de si la violencia es justificada) simplemente permite poner la violencia en la lista de opciones de respuesta a esta realidad política, pero no significa automáticamente que sea la mejor opción en esa lista.

Hay dos conceptos de la teoría de las guerras justas que ayudan a ilustrar ese punto. El primero es el jus ad bello, que se refiere a qué tan justo es el motivo previo a la guerra para comenzarla. El segundo es el jus in bello, que alude a si las acciones de los involucrados en la guerra son justas. Este segundo punto, el jus in bello, es el que hace falta en las discusiones planteadas por el FGUN, pues asumen que con solo decir que su guerra es justa, es automáticamente justo seguir con ella con todo lo que implica, sin explorar ni otras opciones a la guerra ni los costos de la misma. 

El paro armado decretado por el ELN entre el 23 y 26 de febrero fue justificado con el lema “Contra Duque y su mal gobierno”. La pregunta es si el ELN logró mejorar la situación para los afectados por lo que esa guerrilla llama “la guerra sucia” del Estado. La respuesta es contundente: no. Destruir puentes, bloquear vías que usan los campesinos, hacer graffitis o sacar banderas no “pararon” las acciones del Estado ni generaron una dinámica política propicia para fortalecer las luchas populares.

Es más, muchas personas, incluso de movimientos de izquierda, creen que ese tipo de acciones por parte del ELN lo que hacen es fortalecer el “mal gobierno” al permitirle argumentar que la existencia y las acciones de la guerrilla justifican una respuesta armada. Las acciones del ELN, según esta visión, también permitirían la promoción electoral de los candidatos que promueven la intervención militar ante la necesidad de mejorar “la seguridad”. Bajo este argumento, así la violencia del ELN fuera justificada, los resultados hacen más daño que bien.

Para el ELN, es válida la pregunta de si es posible hacer resistencia pacífica y también de forma más eficiente que la resistencia armada

Adicionalmente, Colombia ha estado condenada por más de 50 años al conflicto armado, un tiempo en el que el ELN ganó una fuerza importante, pero que hoy en día ya no tiene: la meta de tumbar el Estado simplemente ya no está dentro de sus planes ni dentro de sus posibilidades. Su existencia apunta más a la “resistencia armada local” a través de estrategias militares focalizadas y a la construcción de un poder popular local. Es decir, su rol hoy es ser parte de un conflicto que se retroalimenta, pues el Estado siempre puede justificar —hasta cierto punto— su forma de actuar en los territorios por la presencia de esta guerrilla, quien, a su vez, seguirá justificando su violencia ante los avances del Estado en lo local.

Y para el ELN, es válida la pregunta de si es posible hacer resistencia pacífica y también de forma más eficiente que la resistencia armada. Los movimientos sociales en el país han mostrado que sí es posible, y cuentan con una lista bastante larga de logros y cambios, incluso dentro del contexto tan hostil en el que han tenido que trabajar.

Estos puntos están vinculados, en su esencia, a una pregunta más general: frente al contexto identificado por el ELN, ¿es lo mejor para las comunidades y pobladores de los territorios donde hacen presencia que la violencia continúe o que incluso se escale? La gran mayoría de las víctimas de los conflictos armados en Colombia han sido civiles, y la intensificación de la violencia claramente aumenta el número de víctimas civiles. Después de décadas de violencia, es evidente que apostarle a más guerra como respuesta a la guerra solo ha traído más daño para todos.

La visión que la guerrilla del ELN presenta para justificar la continuación de su resistencia armada queda corta y requiere una discusión complementaria más extensa, sea la que sea su conclusión. Si no se resuelve este debate, es difícil ver un camino de negociación viable con esa guerrilla.

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