Mientras en casa la dureza era norma, afuera la risa era ley
Me volví parte de ese coro de carcajadas que Colombia usa como escudo y como bandera. No me siento atado a ella como si fuera destino, pero no puedo negar el orgullo que aparece cuando digo “soy colombiano”. Y dice así…
por
Miguel Ángel Ayala
03.03.2026
Portada: Juliana Terán
Somos ese relato que cada uno nos hacemos, en este especial Colombia-Bogotá tenemos testimonios de jóvenes que intentan encontrar sentidos en sus vidas, querencias en sus destinos, ironías en sus sufrimientos. Hay de todo, pero sobre todo mujeres, muchas mujeres, mujeres construyendo. Hay de todo, pero sobre todo risas, historias, ganas, comidas, atrevimientos para sobrevivir con dignidad. Hay de todo, pero sobre todo violencias. Hay de todo, pero sobre todo, ausencia de Estado. Bienvenidxs a Destino Colombia
Nací donde el viento sabe a mar y las paredes se descascaran de tanto sol. Cartagena de Indias, un lugar que la mayoría conoce por fotos de cruceros y murallas coloniales, pero que para mí siempre fue más bien el escenario donde aprendí que en Colombia la vida se levanta a punta de risas… o a punta de gritos.
Mi madre, mujer de carácter afilado como machete recién amolado, nos crió a mi hermana y a mí como se cría a la mayoría de los niños en la costa, con chancleta voladora, gritos bien puestos y una disciplina que jamás pidió permiso para entrar. En esas casas nadie hablaba de “crianza consciente”. La palabra que más se repetía era “¡cuidado!”. Y, sin embargo, crecí, o mejor dicho, nos hicieron crecer. Hoy nos llevamos bien, pero el apego nunca llegó a ser esa cosa suave que cuentan en las películas.
Lo curioso es que mientras en casa la dureza era norma, afuera la risa era ley. La gente que siempre me rodeó tenía esa habilidad tan colombiana de burlarse de la vida incluso cuando la vida se reía primero. Es la ironía costeña, reír para no llorar, joder para no quebrarse. Y, sin darme cuenta, la adopté. Me volví parte de ese coro de carcajadas que Colombia usa como escudo y como bandera.
Una TAL Colombia
Un relato de esa vieja llamada Colombia, esa tormenta que no pide permiso, esa mujer impredecible que se inventa a sí misma todos los días, esa que asusta, confunde y atrapa con su encanto desordenado … Y dice así:
Con el tiempo fui queriendo a mi país de esa forma rara. No desde un patriotismo ciego, sino desde el reconocimiento íntimo de que somos una nación profundamente humana, contradictoria, sabrosa y quebrada. Conozco bastante de su historia y, aunque no me siento atado a ella como si fuera destino, tampoco puedo negar el orgullo silencioso que aparece cuando digo “soy colombiano”.
A los 17 años empaqué lo necesario poca ropa, un par de miedos, algunas certezas y un humor a prueba de balas y subí a Bogotá para estudiar en la Universidad de los Andes. Ese viaje fue el primer recordatorio de que Colombia no es un solo país sino varios, apretujados en un mismo mapa por pura terquedad geográfica.
Bogotá me recibió con su frío, su altura y su caos organizado. Aquí todo es más grande, las oportunidades, el tráfico, las distancias, los peligros, las drogas, el ruido, las historias. Adaptarme no fue fácil. Tuve que aprender que el “buenas” costeño se transforma en un silencio bogotano, que las sonrisas espontáneas allá se cambian aquí por miradas calculadas, que en esta capital no se improvisa tanto como se planea y aun así, dentro de ese contraste tan brutal, encontré otro tipo de cariño, el de una ciudad que te educa a la fuerza, que te manda a crecer con la misma determinación con la que la montaña empuja a quien intenta subirla. Con el tiempo entendí algo, mi nación colombiana no está en un solo lugar. Está en los dos.
Está en el vendedor de raspao bajo el sol de Bocagrande, y también en el estudiante con frío que corre por la 19 para no perder TransMilenio. Está en las familias que gritan para quererse y en las que se aman desde la distancia. En las montañas interminables y en las playas que parecen inventadas. En la comida que nunca sabe igual en dos regiones y en las historias que nunca cuentan lo mismo. En la risa que heredé y en la apertura mental que aprendí.
Hoy, cuando pienso en Colombia, no lo hago con esa noción de patria solemne que repiten los himnos. Para mí, Colombia es un país que siempre está bailando en una cuerda floja. A veces se tambalea, a veces parece caerse, pero siempre logra recuperar el equilibrio con esa mezcla de ingenio, humor y terquedad que nos define.
Y aunque no soy el más apegado a mi tierra, me gusta estar en ella. Me gusta su gente impredecible y creativa, sus paisajes que parecen CGI, su comida que sabe a casa, aunque no sepas dónde queda tu casa exactamente. Me gusta que aquí siempre haya algo de qué reírse, incluso cuando no hay motivos. Me gusta que este país, con toda su locura, me haya moldeado así.
Tal vez esa sea mi nación colombiana, una mezcla imperfecta pero viva, contradictoria pero luminosa, áspera pero generosa. Un país donde duele crecer, pero donde también es imposible no querer quedarse un rato más.