Una bióloga empieza a ver los patrones del bello caos que es la vida. Es ahí donde empiezan a aparecer las especies. Bienvenido al hábitat urbano de Bogotá, descubra las especies que pueden encontrarse.
por
María José Sierra Ruiz
04.02.2026
Portada: Isabella Londoño
Somos ese relato que cada uno nos hacemos, en este especial Colombia-Bogotá tenemos testimonios de jóvenes que intentan encontrar sentidos en sus vidas, querencias en sus destinos, ironías en sus sufrimientos. Hay de todo, pero sobre todo mujeres, muchas mujeres, mujeres construyendo. Hay de todo, pero sobre todo risas, historias, ganas, comidas, atrevimientos para sobrevivir con dignidad. Hay de todo, pero sobre todo violencias. Hay de todo, pero sobre todo, ausencia de Estado. Bienvenidxs a Destino Colombia
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El bestiario del Congreso colombiano
La cultura antiética colombiana le otorga una mala reputación a los animales. Por eso, construimos un bestiario en defensa de su reino y en contra de la trampa.
Fue como raro, diferente. Nuevos olores —se rió—. Pero ven, hablándote en serio Majo, nunca había visto a unos señores de edad subirse a un bus a cantar a Óscar Agudelo y a Johnny Rivera. Nueva experiencia desbloqueada —y se volvió a reír.
Esa fue la respuesta de mi amigo de Camerún después de preguntarle qué opinaba del Transmilenio al que se acababa de montar. Amante de la música y de la comida, ha viajado por toda Latinoamérica para aprender español y, precisamente por sus dos pasiones, Colombia le ha fascinado. Claramente está muy lejos de su hogar. Y aunque probablemente si yo fuera a conocer por allá, seguro encontraría algunas cosas en común con nosotros, sé que no es lo mismo, visitar Bogotá es definitivamente un plan turístico que no encontrará en otro lado. En especial por su gente. Me dijo que lo que más le sorprendía eran las personas: la variedad, sus colores, vestimentas, palabras, expresiones y humores.
Yo solo le respondí:
—Eso es Bogotá, un lugar muy diverso.
Como la bióloga que soy, me gusta usar en mi día a día, palabras que he aprendido en clase. Le dije con cara de seriedad que «tener tanta variedad ecosistémica en Colombia ha hecho de nuestra variedad etológica algo único, al ser el centro de acopio migrante más grande del país», y me reí ante la cara que puso. Para hacerme entender mejor, usé su mismo vocablo: – Hermano, básicamente somos un sancocho. Tanto en personas como en factores bióticos.
Y eso me dejó pensando: ¿qué tanto se puede relacionar la gente de un país con el ecosistema del mismo?
“El Centro” por María José Sierra
Cuanto más lo pienso, más sentido tiene. Aquí todo convive al mismo tiempo: el viejo y el joven, el campesino y el empresario, quien canta en el bus y quienes deciden escucharlo o subirle aún más a la música de sus auriculares. Gente que resiste, gente que florece. Como en la naturaleza, nada es igual a lo otro, pero todo termina coexistiendo. Somos biodiversidad humana. A veces caótica, a veces hermosa, a veces incomprensible.
Pero viva. Muy viva.
Y es que cuando miro a Bogotá, entre buses, vendedores y pasos apurados, no solo observo una ciudad; empiezo a ver un bosque, y a la vez una selva y un desierto. Veo todos los ambientes y los pisos térmicos. Y es curioso, ¿cómo no iba a ser así, si es la capital de uno de los pocos países del mundo donde todos los pisos térmicos están presentes?
Es un lugar que parece no ponerse de acuerdo, pero que aun así funciona, donde caben todos sin pedirse permiso. Y ahí, justo en ese desorden, unabióloga empieza a ver los patrones del bello caos que es la vida. Es ahí donde empiezan a aparecer las especies y tal vez, después de leer esto, usted también empiece a verlas…
Bienvenido al hábitat urbano de Bogotá, acompáñenme a descubrir quéespecies pueden encontrarse…
Disclaimer: Los animales que aparecen a continuación no están presentados en ningún orden específico; al igual que en la ciudad, aquí todos conviven sin una jerarquía establecida.
Las 6 mejores especies de este sancocho urbano
“Especies conviviendo en el eje ambiental” por María José Sierra
Sapo
En la naturaleza, los anfibios son bioindicadores: donde hay humedad, ahí están. En Bogotá, donde hay información ajena, ahí está el sapo. Es una especie con una capacidad auditiva hiperpoderosa y una lengua retráctil diseñada para disparar datos que nadie pidió. Se camuflan en las ventanas de los barrios, en la máquina de café de la oficina o en la silla de atrás del Uber o en la mitad de Transmi. Parecen inofensivos y estáticos, pero están en vigilancia constante.
Rata
Aquí la taxonomía se divide en dos subespecies, ambas maestras de vivir a costa de los demás. Están las de la calle: rápidas, inteligentes, esas que hacen que no puedas andar en un bus con la ventana abierta ni con el celular afuera. Te huele el miedo. Pero la más peligrosa es la otra, con corbata y discurso elegante. Estas se esconden mejor, no roba celulares; roba futuros. Se infiltra en las estructuras de poder y roe los cimientos sin que se note hasta que el edificio colapsa. Bogotá, como todo ecosistema, las tiene a ambas.
Abeja
Las abejas son hermosas, delicadas, doradas, sacadas de un poema. Según dicen, trabajan para todos, polinizan y sostienen la vida. Pero aquí, la «abeja» no es tan inocente. Se aprovecha de la situación cuando le conviene, recoge lo dulce, espera a que otro haga el trabajo duro para llegar al final, picar, y llevarse la miel. Son las maestras de «el vivo vive del bobo». Se aprovechan de las flores abiertas y de la gente noble. Tenga mucho cuidado si se la encuentra.
Mariposa
En el país de las mariposas, aquí hay muchas de estas, con alas que parecen pintadas a mano y con rutas migratorias únicas, atravesando montañas, ciudades y climas. Son frágiles a la vista, pero fuertes en su viaje. En la ciudad, la mariposa es ese ser alegre, ruidoso y lleno de color que, a pesar de su largo trayecto, y su transformación de oruga a mariposa, llega a la capital a contagiar energía, risas, música y vida. Son el «Efecto Mariposa» hecho persona: un pequeño aleteo suyo puede cambiarle el día a toda una multitud amargada.
Orquídeas
En biología, las orquídeas son maestras del engaño y la sofisticación. No son flores simples; tienen estructuras complejas, laberintos diseñados para que no cualquier insecto pueda entrar. En Bogotá, la orquídea es esa mujer que camina rápido por la Séptima, envuelta en capas de ropa, impecable a pesar de la lluvia y el smog. A primera vista parece distante, casi fría, como el clima de la sabana. Ha desarrollado una coraza de elegancia y seriedad para sobrevivir en la jungla de cemento. Pero eso es solo morfología adaptativa. Quien tiene la paciencia de conocerla, descubre que bajo esa bufanda y esa mirada altiva hay una explosión de color, humor y vida que no se le entrega a cualquiera. Como la flor nacional, no es para todo el mundo; es un tesoro que exige mérito para ser descubierto.
Frailejón
Su nombre científico es Espeletia, pero les decimos frailes porque parecen monjes vigilando la montaña en silencio. Su tasa de crecimiento es lentísima: un centímetro por año. En una Bogotá adicta a la velocidad y al afán, el Frailejón es el acto de rebeldía más grande: la paciencia. Es esa persona que no corre porque sabe hacia dónde va. El que permanece estoico mientras los demás se empujan en la fila del ruta fácil. Tienen una resistencia pasiva envidiable; aguantan el granizo y las heladas de la vida sin moverse un milímetro. Son los guardianes de la memoria de la ciudad, seres antiguos que nos recuerdan que lo importante no es llegar rápido, sino mantenerse en pie. Si tienes un Frailejón en tu vida, cuídalo, porque son especies en peligro de extinción en este mundo de inmediatez.
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Miré de nuevo a mi amigo, que seguía procesando la locura de esta ciudad, y entendí que su risa después de mi top de especies de Bogotá era la única respuesta correcta ante una bióloga que ve su carrera en todo. Le expliqué entonces la lección más importante: en la naturaleza, los monocultivos son débiles; una sola plaga puede acabar con ellos. Pero los bosques diversos, los ecosistemas complejos y caóticos como este, son los que sobreviven en las épocas de dificultad.
Nuestra “variedad etológica», ese sancocho del que le hablé no es un accidente; es nuestra estrategia de supervivencia. Porque en este hábitat hostil, de 2.600 metros de altura y clima bipolar, solo aquellos capaces de coexistir en el caos logran sobrevivir. Así que sí, somos un desorden, pero somos un desorden vivo y tenaz. Y mientras haya quien cante boleros en un bus y florezca en el asfalto del día a día, las especies de la ciudad nunca estarán en peligro de extinción, solo en evolución, o al menos eso espero yo.
Quizás, desde afuera, para otros países e incluso, para otras ciudades del país, parecemos una mezcla incomprensible. Pero desde acá, bajo el lente de quien sabe mirar con los ojos de la vida, somos un milagro biológico, prueba de que la vida, terca y obstinada, siempre se abre camino. Así que bienvenido a Bogotá: el único lugar del mundo donde todas las especies caben en un mismo Transmi, y donde a pesar de las diferencias y el aire frío, aquí seguimos guerreándola, porque ni por el chiras nos varamos.