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Agarrando pueblo (1977)

Textos del curso de Arte y Cine (2016-I) sobre Agarrando pueblo (1977), documental de Luis Ospina y Carlos Mayolo. El inconsciente óptico de Agarrando pueblo En “La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica”, Walter Benjamin dijo que uno de los potenciales redentores más poderosos del cine se hallaba en lo que él bautizó […]

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Curso Arte y Cine

01.08.2016

Textos del curso de Arte y Cine (2016-I) sobre Agarrando pueblo (1977), documental de Luis Ospina y Carlos Mayolo.

El inconsciente óptico de Agarrando pueblo

En “La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica”, Walter Benjamin dijo que uno de los potenciales redentores más poderosos del cine se hallaba en lo que él bautizó como el inconsciente óptico: la capacidad de la cámara de romper el marco convencional con el que vemos las cosas y abrir el foco para captar la explosión de una multiplicidad de fragmentos de la realidad que de otra forma jamás hubiéramos podido percibir. El  inconsciente óptico es un recurso de resistencia que tiene el arte contra todo intento de instrumentalización técnica del artista. Así, aquello que capta el instrumento (la cámara) excede lo que el director o el actor habrían podido querer mostrar; el artista ya no puede recurrir al gesto despótico de silenciar unas imágenes y darle voz a otras. Por el contrario, siempre va a haber algo que se le escapa, que se cuela y que, independientemente de su voluntad, termina por  mostrarse ante el espectador.

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Encuentro ecos de Benjamin en la película de Ospina y Mayolo. Interpreto el filme como un antídoto a la explotación que está detrás de aquellas películas colombianas que, con aires de heroísmo, dicen mostrar la pobreza para denunciarla políticamente, pero que en realidad recurren a ella con fines mercantilistas: instrumentalizan la miseria ajena para vender su “arte”. Creo que la película puede ser leída como una forma de  performar el concepto del inconsciente óptico de Benjamin. Por ejemplo, la cámara que sigue a los directores y que los muestra intentando capturar, despóticamente (e irónicamente), fragmentos de mundo a conveniencia es ese ojo inconsciente, el lente del instrumento del que habla Benjamin. Creo también que el documental es la forma en la que Ospina y Mayolo reconocen, a modo de sátira, el halo despótico que inevitablemente se encuentra en todo intento artístico por retratar las formas de vida de los “otros”.

Por último, me parece que la obra es un gesto que le hace justicia a lo que retrata. Poner de  presente la violencia que entraña filmar la miseria ajena es, para mí, la única forma éticamente plausible en la que se pueden hacer estas películas.

—Alejandro Franco

Espectáculo

Lentamente, se acerca un hombre al centro del anfiteatro. Se acomoda su única prenda de vestir, un mugriento y rajado pantalón verde, y le sonríe a su público. Se limpia el sudor de sus mejillas con sus grasientas manos. Acaricia con una vara en llamas sus piernas, sus costillas, su espalda y apaga de un solo golpe la llama. Su piel pareciera intacta. Un chico, de unos ocho recién cumplidos, se acerca al hombre y le entrega una gigantesca bolsa negra. El hombre la abre sobre su cabeza y se baña en trozos de vidrio de colores. El vitral que llueve sobre su cuerpo rebota, como si fuese de goma. Con un desgarrador grito de triunfo, corre al centro de un aro hecho de cuchillas. Salta y, en silencio, desaparece.

El mismo chico (el de los ocho años), junto a tres amigos, arrastra una piscina de bolsas plásticas y varillas oxidadas al foco de atención de los espectadores. El agua verde cubierta por una capa de hojas secas tiene unos tesoros en lo profundo: unas cuantas monedas de la más baja denominación. Con un chasqueo de dedos se desnudan, se lanzan y se golpean entre sí para alcanzar los pequeños trofeos. Al terminar solo quedan trozos de plástico, algunos billetes y monedas de cambio que había tirado la audiencia, dos gotas de sangre y una varilla rota.

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Al eje de la arena se acerca una familia, sin zapatos y con su ropa percudida, junto a un joven periodista. Este les pregunta por su trabajo, afirma con fuerza que el desempleo no decrece, averigua por sus dos hijas, grita que cada vez son más los niños en las calles. El auditorio irritado, desconcertado y malhumorado escribe con sus gestos, “no había pagado para esto”. Enseguida, se oyen gritos y se ve a un hombre que intenta atacarlos con un par de machetes. Insulta a esos hijos de puta que se entretienen. Rompe cámaras, pisotea celulares y se limpia el culo con los billetes que arrojaron al suelo. Se ríe y pregunta: ¿hemos terminado?

El público llora, carcajea y lanza billetes. Ha sido hermoso. Como cuando un toro cae desangrándose, como cuando un gladiador siente una fría cuchilla en su abdomen. Simplemente hermoso. El hombre los mira y ve la paulatina transformación: sus ojos se tornan rojos, y parecen derretirse sobre su cara; los dientes gotean un espeso líquido morado; sus dedos se  alargan y sus uñas están astilladas. Hace poco era gracioso. Él siente cómo su risa se asfixia, sus gestos se entorpecen, el aire rasguña sus pulmones.

¿Corte?

—Gabriela Villar

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