¡Ay razón! Un texto para Habermarcianos desconsolados ¿Que distingue a un habermasiano de un habermarciano?
¿Que distingue a un habermasiano de un habermarciano?
¿Que distingue a un habermasiano de un habermarciano?
Habermas nació, vivió 96 años y murió.
Los habermasianos del mundo lloran su partida. Profesores, abogados, políticos y creadores de contenidos lamentan la ausencia del “ultimo intelectual público”, “el último liberal”, “el dique de contención contra el fascismo, el populismo y el postmodernismo”, “el último filósofo sistemático”. Los habermarcianos también estamos tristes, pero no por las mismas razones.
¿Que distingue a un habermasiano de un habermarciano? La cosa es más bien sencilla: mientras los primeros orbitan muy cerca del centro, es decir, de los argumentos, los segundos gravitan alrededor de una elipse más amplia que también incluye consideraciones retóricas y literarias. Los habermasianos se toman muy en serio las ficciones de Habermas. Su admiración no es estética sino epistémica: juzgan qué tanto se acerca su teoría a la realidad y, en proporción a esa correspondencia, asignan su valor. En esto coinciden incluso los críticos de Habermas, cuya observación recurrente es que su obra está poblada de ficciones que no hacen justicia a la inmensa complejidad de la vida social. Los habermarcianos comparten la premisa de los críticos, pero no su conclusión: es verdad que son ficciones, pero eso solo es un problema si tenemos una concepción empobrecida del lenguaje y la literatura (y por ahí de la realidad misma). El pecado o acierto de una ficción nada tiene que ver con que corresponda o no a la realidad, sino con que sea mediocre o aburrida—que no alimente la imaginación y la expanda en nuevas direcciones. Es su utilidad, y no su fundamento metafísico, la que en últimas determina su valor.
En Filosofía y el espejo de la naturaleza, Richard Rorty, el enfant terrible del pragmatismo y destacado habermarciano, trazó una distinción entre filósofos sistemáticos y filósofos edificantes. Los primeros, dice Rorty, plantean argumentos y construyen para la eternidad; los segundos, en cambio, son reactivos y ofrecen sátiras, parodias y aforismos. Los filósofos sistemáticos se quieren parecer a los científicos; su obsesión es encontrar el fundamento último de la realidad. Los filósofos edificantes, en cambio, están más preocupados en formular nuevas redescripciones y vocabularios que nos permitan vivir mejor. A Habermas siempre lo sedujo el ideal científico, pero nosotros, sus lectores, no estamos obligados a seguirlo. De hecho, los habermarcianos disfrutan la ironía de una lectura que desafía abiertamente las intenciones del autor, porque saben que en ese cruce de cables está el potencial expansivo de todo texto. Justo por eso queremos imaginarnos un hibrido entre un filósofo edificante y uno sistemático. ¿O acaso la sistematización no puede ser, también, una herramienta de edificación?

La preocupación de la ultraderecha por la ecología —hace un siglo al igual que hoy— parte de una noción inmunitaria que identifica nación y naturaleza: el territorio como un hábitat que debe protegerse de amenazas externas y su destrucción ambiental.
Click acá para verEn esta línea interpretativa heterodoxa, los habermarcianos celebran la inmensa improbabilidad de un pensador como Habermas, el bicho más raro de la filosofía del siglo XX. Cuando el mundo académico e intelectual se plegaba al historicismo, el relativismo y la sospecha generalizada hacia lo que Lyotard llamó metarrelatos, Habermas apareció en escena con una propuesta insólita: reivindicar el proyecto ilustrado y el concepto de razón. Pronto descubriría que para defender la razón se necesita mucha más imaginación que para criticarla. La reacción de cierto sector de la academia no se hizo esperar. ¿Cómo es posible defender algo tan rancio como ese legado? ¿Acaso no aprendió nada de su maestro Adorno? ¿Sera que nadie le informó que Dios ha muerto y que cada cierto tiempo algún filósofo francés le clava otra estaca por si acaso?
Es verdad, la obra de Habermas puede leerse como una saga zombi, solo que los muertos resucitados no son personas sino ideas: razón, verdad, consenso, modernidad, universalidad. Cuando nadie daba un peso por esas entelequias, a Habermas se le ocurrió inventar un nuevo relato para racionalistas desencantados, una historia sin héroes, pero con muchos personajes secundarios, tramoyas y utilería. La Razón en mayúscula podrá ser una ficción del pasado, pero eso no quiere decir que no podamos pensar otras versiones que no dependan de grandes andamiajes metafísicos o saltos especulativos. La estructura de su ficción es kantiana, pero la mecánica interna es pragmatista: la razón no es una entidad abstracta sino una habilidad encarnada, el resultado de la conversación y el intercambio de argumentos entre seres humanos falibles, contradictorios y obstinados.
Habermas estaba fuera de lugar en el siglo XX (lo habría estado también en el XIX, aunque menos), y justo por eso tuvo que abrirse paso con ingenio y rigor, inventándose un mundo conceptual poblado por improbables criaturas y artilugios normativos. Los habermarcianos creen que Habermas hace parte de una larga trayectoria de fabricantes de mundos fantásticos que incluye a Platón y a Hegel, pero también a Tolkien y a Le Guin. Después de todo, en nuestro tiempo, la “razón comunicativa”, la “democracia deliberativa” y la “ética discursiva” tienen más o menos el mismo estatus ontológico que los dragones, los hechiceros y los unicornios. El problema, nuevamente, no es de correspondencia (nunca lo ha sido) sino de efectividad y fricción, que tanta tracción genera una idea en nuestra vida cotidiana. No es una exótica tesis idealista o un exceso de perspectivismo nietzscheano, de hecho, es todo lo contrario: realismo puro y duro.
Que Habermas no era un habermarciano, eso es claro. Toda su puesta en escena era la de un pensador serio y comprometido, desde sus opiniones en medios hasta su forma de vestir y los debates que durante toda su vida sostuvo con los interlocutores más variopintos: del papa Ratzinger a Judith Butler. Pero eso no es problema para los habermarcianos, la ironía se la ponemos nosotros y lo reclamamos como exponente honorario de la literatura fantástica, la patafísica y la vanguardia modernista. Si nuestra lectura es un “error categorial” o una “confusión de niveles de comunicación”, que así sea; los habermarcianos seguiremos celebrando al rebelde filosófico más improbable del siglo XX, el defensor de la ficción más descreditada, el diseñador de mundos normativos monumentales e igualmente absurdos y el creador de un nuevo género de literatura fantástica. ¡Ay, Habermas, la falta que nos haces!