“Ya no estamos en la era de los ancestros”: Cimarrón Wiusake, grupo de rap emberá

Cuatro jóvenes emberá dóbida desafían a su comunidad al perseguir un “sueño de blancos”: hacer rap emberá en Bogotá. Desde la UPI La Florida, buscan representar a su gente mientras se alejan de una juventud marcada por la calle y el rechazo.

por

Gabriela Herrera

periodista


24.04.2026

Todas las fotos son de Alex Jiménez M

Chaqueta de cuero, gel en el cabello y botas negras. Buzo blanco ancho, sombrero y zapatos grandes. Uno viste de negro y el otro de blanco: la noche y el día, en sus palabras. El outfit escogido para el concierto que tendría lugar esa noche bajo el puente de la Boyacá con 68 ーen el marco del Festival Cuida Naturaー quería representar, según nos dijeron, sus valores en la naturaleza: el agua, las nubes y el atardecer de la montaña. Era la tercera vez que veíamos a Akore Mundorey, uno de los integrantes de la agrupación de rap emberá Cimarrón Wiusake, pero era nuestro primer encuentro con su compañero, Emberá Paima sin límite. 

Dicen que se visten con un estilo ‘americano’ a causa del frio. Pero en sus territorios, donde la temperatura es caliente, su outfit sería distinto. “Nos gustaría vestirnos con la vestimenta que usaba Cristo en la narración de la historia indígena. Con balacas de chaquira, vestía taparrabos, se amarraba con unas tiras en forma de equis”, explica Akore, mientras esperábamos el llamado de la banda en la tarima. 

No era la primera vez que se presentaban en público. Desde que lanzaron su primer disco en 2024, Cimarrón de oro, la agrupación canta en diferentes espacios para promocionar sus canciones. Aunque han estado en festivales de música urbana y recientemente fueron al SOFA, principalmente cantan en los vagones de los transmilenios. 

Antes de ser una banda, junto a otros dóbida, fueron un grupo de jóvenes –Kundrara– que en medio de los desplazamientos y las decisiones de sus mayores, encontraron en la música urbana una forma de conectarse con una ciudad desconocida y, al mismo tiempo, de volver la mirada hacia su identidad. Por eso, nombraron al grupo Cimarrón Wiusake. “Cimarrón quiere decir los abuelos antepasados y Wiusake somos nosotros, los de la nueva era del siglo XXI”, explica Akore. 

El grupo base lo conforman cuatro amigos. Giovanny –también conocido como ‘Ketoato’–, Libardo – ‘Ragüi’–, John Jairo – ‘Akore Mundorey’–, y Juan Pablo – ‘Embera Paima’–. Esos nombres los designaron ellos cuando decidieron qué querían ser en la ciudad: artistas de rap. 

Tienen entre 19 y 22 años, a excepción de Akore, que es el mayor y el líder: 30 años. Este último ha pasado sus veintes en el mundo de la música urbana, pero sólo ahora empezó a cantar en emberá. Vienen del Alto Andágueda, en el departamento del Chocó y no buscan retornar sino ser reubicados, es decir, recibir una tierra en otro lugar del país para reiniciar su vida. “Nosotros queremos ser reubicados a otro sitio que no sea nuestro territorio, porque allá hay mucha guerra, mucha violencia”, señala Ketoato. 

Para llegar a la UPI La Florida, el hogar temporal de estos cuatro jóvenes, hay dos formas: ambos caminos comienzan en el puente de guadua de la calle 80 donde se toma la vía a Funza. La primera opción es girar por la entrada del Parque La Florida. En carro, a través de una trocha sobre la 80, el trayecto toma 15 minutos. La segunda opción, es seguir derecho hasta llegar a una calle a la que le dicen la “Interzona” y girar por esta. Si no se cuenta con un carro, en Interzona hay motos y motocarros que cobran 2.000 pesos para ir hasta la UPI. Al llegar, en una esquina hay un cartel. Es el rótulo que puso el distrito para identificar este albergue, pero sus letras blancas ya parecen desgastadas. Detrás de este, en uno de los muros de la primera casa que se divisa, el nombre está escrito en un graffiti multicolor. 

“Quiero vivir en un mundo diferente”: Claudia Queragama, mujer y joven emberá en Bogotá

Claudia Queragama es una mujer emberá katio madre de dos niños que ya no quieren volver a su territorio en el Alto Andágueda. Mientras estudia, trabaja y lidera el proyecto de ley contra la ablación genital en el Congreso, enfrenta el desafío de romper los paradigmas de las mujeres de su comunidad.

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“La entrada no es por ahí. Hay que doblar en esa esquina y caminar hacia la izquierda unos dos minutos más”. Mientras leímos ese mensaje de Akore en el celular, los vimos llegar a ese punto un poco tímidos. Nos estaban buscando hacía diez minutos, pero por otro camino. Embera Paima no estaba, ya que para cuando los visitamos, vivía en otro lugar en el barrio Juan Rey. Ya regresó. 

Ragüi llevaba un bafle en la mano y la única prenda de color: una gorra roja de lado y gafas oscuras. Le cubrían una discapacidad visual en el ojo izquierdo ocasionada por un accidente del que no quiso referirse.  Solo se las quitó para presentarse en la cámara. Era el más tímido de todos y comentaba cosas en emberá con sus compañeros. Akore y Ketoato sonreían constantemente, como quienes buscan ser buenos anfitriones. Parecían muy atentos a lo que queríamos decirles. Vestían camisas, busos y pantalones anchos. 

Nos registramos con un celador al que le habían advertido nuestra visita previamente. El camino de ingreso fue dirigido por un sendero cercado por cultivos, plantas y el perro negro de Ragüi. Este nos acompañó todo el tiempo, a diferencia de Rap, el perro pitbull de Akore al que no encontramos en casa en esa ocasión. 

Cuando acabó el camino de plantas, la naturaleza permanecía libre y abundante, como sin forma, entre las grietas y ladrillos abiertos de las casas y el suelo cubierto de basura: vidrios rotos, paquetes de comida, juguetes, objetos que en otro lugar tuvieron un uso y acá hacían parte del inmueble decorativo de las vías destapadas. A primera vista parecía un lugar abandonado, pero pronto aparecieron mujeres y niños en sus rutinas cotidianas mirándonos de reojo. Aunque sus tradicionales vestidos y faldas les colgaban en las piernas, el frio las obligaba a cubrirse con chaquetas oscuras. La ropa mojada colgaba también sobre cables y cuerdas, que a su vez se amarraban a muros provisionales de madera y casetas envueltas en polisombra y bolsas negras. 

El lugar está organizado por una especie de conjuntos. En cada uno habitan distintas poblaciones: Katio, Chami y Dóbida. Nosotros nos dirigíamos al puente Cacique, un lugar nombrado así por la misma comunidad ya que allí viven las autoridades dóbida. Pero también allí los jóvenes –incluidos los cuatro amigos– se reúnen a cantar y componer música. 

“¿Se ve raro?” – nos pregunta Ketoato cuando llegamos. “Como un sitio abandonado…”, agrega. Le preguntamos si alguna entidad los visita frecuentemente. “Siempre nos acompaña el diálogo, viene el IDIPRON, vienen acá a veces, pero pues no organizan esto”. 

A diferencia de las otras comunidades, los dóbida han permanecido más aislados y dispersos en la ciudad. Así lo señala el antropólogo y experto en lengua y cultura emberá Gabriel Ramírez. “Esa dispersión ha hecho que pierdan un poco más su lengua, sobre todo los jóvenes. Han visto el uso correcto del español como una herramienta de afianzamiento”, explica. También agrega que su organización política es más débil que otras comunidades. “Los dóbida aquí en Bogotá como que no prestaron durante un buen tiempo importancia a estos temas, la lengua, la educación propia, todo eso es muy reciente”, agrega. 

Esto no pasa con otros pueblos. Los chamí y katio, que tienen un origen cercano entre sí y lengua similar, siempre han estado agrupados en familias y comunidades grandes. Eso es una garantía de la transmisión de lengua. 

Pero desde hace cuatro años, cuando les abrieron un espacio en esta nueva Unidad de Protección Integral –siglas de la UPI–, empezaron a crear una comunidad dóbida de Bogotá más integrada desde distintos lugares. Es el caso de Ketoato y Ragüi que se volvieron amigos en 2021 en el Parque Nacional y desde entonces sus familias han vivido juntas en la UPI. Ketoato llegó a Bogotá a los 14 años. Sus primeros recuerdos fueron en el centro, específicamente, en la Jiménez, abajo de la once. Su vida allí fue pesada, según relata. “No conocí la infancia, me dejé llevar mucho de eso”, explica, haciendo referencia al consumo de drogas. De sus recuerdos más vividos en el vecindario está el día que empezó a escribir canciones de rap para intentar conquistar a una vecina, diez años mayor que él. “Me nació escribir porque no sabía cómo decírselo a ella. Le dije a un tío, que yo lo veía cantar y lo imitaba cuando llegué acá recién. Le dije que eso me gustaba… Y bueno, no sé qué sería de mi vida sin eso, pero llevo mucho tiempo escribiendo”, explica. 

Aunque la música no le funcionó para enamorar a la vecina, luego encontró otros motivos para escribir. “Quiero expresarme en lo mío, en lo que veo, en lo que siento, qué he hecho yo con mi vida desde que llegué. Cuando llegamos al principio, mamá y papá no tenían cómo sustentarse. Y por mí misma voluntad salí a la calle a buscármela. Y eso trato de contarlo también por medio del rap”. 

Ragüi llegó a Bogotá en 2021. Había estudiado en Quibdó en un colegio de la comunidad emberá, donde también le enseñaron español. Antes de llegar, conocía el género urbano a través de artistas como Manuel Turizo. Así lo recuerda después de que una noche viendo televisión, escuchó al artista y le gustó el ritmo. También escuchaba Bad Bunny y Anuel. 

Cuando Ragüi y su familia llegaron a Bogotá, permanecieron en el Parque Nacional hasta que sus autoridades acordaron con las entidades públicas como la Alta Consejería y la Unidad para las Victimas, la creación de los albergues como la UPI La Rioja (Los Martires) y la Florida. Esta pretendía ser una solución temporal para las comunidades que esperaban ser retornadas a sus territorios o reubicados a otros espacios. 

La UPI La Florida

Según un comunicado del concejal Oscar Bastidas Jacanamijoy en febrero de 2024, en ese momento había 972 personas Emberá residiendo en La Florida. Meses después, en octubre del mismo año, un informe de la Secretaría Distrital de Integración Social reportó “más de 600 personas” asentadas en la UPI. Para septiembre de 2025, el Distrito informó el retorno de cerca de 400 personas Emberá a sus territorios; sin embargo, hasta ahora no existe una cifra oficial pública que precise cuántas personas continúan viviendo actualmente en La Florida ni cuántas pudieron haber regresado. 

Sin embargo, se puede afirmar que la UPI La Florida es hoy la principal vivienda de los emberá en Bogotá. Fue concebido en su origen como un centro para atender niños y jóvenes habitantes de calle con problemas de adicción. Ubicado en la vía Funza, a 45 minutos de Bogotá, esta propiedad del IDIPRON fue construida en 1976 para “solucionar el problema de los ‘carasucias’ en Bogotá”, tal como lo señala el artículo citado por un documento oficial del IDIPRON En cuatro años, solución para niñez desamparada (1972) del periódico ELTIEMPO. 

Los comentarios del lugar en la aplicación de Google Maps así lo confirman. “Ubicado fuera de Bogotá, sus instalaciones creadas para la regeneración de las personas que por cuestiones de la vida han caído en el flagelo de las drogas”, comenta una anónima. Sin embargo, la reseña es acompañada por una foto de un grupo de familias emberá. Otro comentario resalta: “Este lugar está muy descuidado desde que dejaron ingresar y habitar a los indígenas, ellos destruyen las instalaciones y han acabado con mucha vegetación, cortando los árboles de la zona”, comenta otro. 

Caminamos un poco más y encontramos un edificio de ladrillo que en su techo tenía rejas, al estilo de una cárcel. A un costado entraban y salían niños. No era una entrada oficial, parecía desvalijado el ladrillo. Adentro había una cancha, donde algunas personas barrían y recogían basura. En uno de los muros estaba un grafiti que decía UPI La Florida, realizado en una de las activaciones de la Secretaría de Integración con la juventud del lugar. En una de estas esquinas decía ‘Kundrara’. En otro ‘Cimarrón Wiusake’. 

¿Por qué ‘rap’? 

Akore Mundorrey —John Jairo Chamapurro Sabura— nació en el Urabá antioqueño y creció en el Medio Atrato, adonde su familia llegó desplazada cuando él tenía cinco años. “Allá operaba la guerrilla. Después se metieron las autodefensas… fue una pelea entre ellos y usted sabe que cuando uno es campesino, uno no está para enfrentar esas cosas, uno está para huir”. De niño armaba conciertos imaginarios con sus nueve hermanos: convertía un tarro grande en micrófono, les daba una tambora, un pedazo de palo y cabuya para simular los cables y a cantar. “A pesar de que tú no hayas crecido en un resguardo, tú te sientes, por supuesto, indígena, emberá y de la comunidad”, señala. 

Akore Mundorrey ha vivido gran parte de su juventud en la cárcel. El vicio y los alucinógenos llegaron aún cuando vivía en Quibdó, rodeado de una escena musical que lo inspiró a seguir otros sueños y a ser reconocido como ‘Chamapura’ pero lo llevó primero por caminos ilegales. La falta de recursos, jornadas extensivas laborales con poco pago lo llevaron  adentrarse más en ese mundo hasta que asaltó a una persona. Allí entró por primera vez a la cárcel durante unos meses. Sin embargo, la segunda vez que entró a la cárcel fue a causa de homicidio después de una pelea. Vivía en el municipio de Ciudad Bolívar, en Medellín. “Salí el 5 de agosto de 2020. Yo no oculto mis historias. Las he narrado a través del arte, la música y todo eso. Yo soy una persona que no oculto todo lo que mi corazón ha hecho y todo lo que mi corazón siente y expresa”, agrega, sin mencionar detalles de ese episodio. 

En los cinco años de ‘guandoca’, como él se refiere, desde 2016 hasta 2020, escribió múltiples canciones y reconoció que tomó malas decisiones en su vida. Tras pasar por distintos municipios como Quindío, Ibagué, Huila, el Valle y Santa Marta, llegó a Bogotá donde su mamá y su hermano ya vivían en una casa de más de 40 piezas “llena de puro venezolano” explica. Allí estaban fundando lo que hoy es la comunidad de La Florida; su cuñado era uno de los líderes y articuló la llegada de nuevos dóbida. 

Gabriel Ramírez, investigador de la lengua y cultura emberá, agrega que muchos jóvenes emberá son rechazados en sus comunidades porque el consumo de marihuana tiene una connotación muy negativa. “Es como el diablo”, señala. Otros llegan marcados por haber pasado por grupos armados en territorios afectados por minería y presencia de actores armados y otros factores como el consumo excesivo del alcohol y la prostitución. 

A diferencia de Akore, Emberá Paima –el otro integrante de Cimarrón Wiusake– creció en un resguardo indígena. “Yo crecí en la selva prácticamente”, señala. Su comunidad, Divisa Peña, está en el río Alto Baudó y allí lo crio su abuela porque su papá lo dejó cuando era niño. “Allá no hay oportunidad. Allá solamente hay selva. Yo mismo me abrí de allá cuando tenía 16 años”, relata. Una profesora afrodescendiente, doña Tránsito –como lo recuerda Emberá Paima– le enseñó español en el colegio José Carmen Cuesta Rentería, en Quibdó. Allí era el único indígena. Sin embargo, a los trece años empezó a alejarse del estudio por “malas decisiones”, en referencia al consumo en la calle. 

Pero después del 24 de diciembre de 2021, su vida no fue la misma. Su primo, a quien consideraba su padre y articulador de la familia, falleció de un infarto y a partir de allí, todo su círculo empezó a distanciarse. “Me daba consejos, me trataba bien, me daba educación también. Todavía me duele mucho, pero no se puede hacer nada”, agrega. 

Después de esa muerte, Emberá Paima decidió irse a Bogotá por su cuenta. Tenía unos familiares que recién habían llegado a la UPI La Florida así que juntó un dinero para tomar un bus que lo llevara desde Quibdó hasta la capital. Llegó el 12 de abril de 2022 y aunque su madre lo llama constantemente y ambos lloran en el teléfono, este señala que todavía no piensa volver. “Yo sé que acá estoy apretadito y allá tengo toda la libertad. Pero desde aquí quiero ir bien preparado para mi comunidad… yo, joven que soy, pienso: yo no vengo a perder el tiempo, yo vengo a construir. ¿Qué tal si vivo 10 años aquí y llego sin nada a mi comunidad? Uno puede llevar regalos, comida, invitar a la familia”. 

El proceso con IDARTES 

Tanto Akore como Emberá Paima buscan que la música sea ese camino para aportar a sus comunidades. Por eso, en 2023 junto a Ragüi, Ketoato y otros 8 jóvenes participaron de un proceso de fortalecimiento cultural ofrecido por IDARTES y obtuvieron la beca Es Cultura Local – Localidad Engativá en su cuarta versión. 

Yobanoty es el productor musical de Cimarrón Wiusake. También es músico, gestor cultural, creador del Festival Cuida Natura y gestor cultural en IDARTES. Cuando este los vio por primera vez, vestían camisetas anchas de artistas urbanos. Recuerda que una de las lecciones que intentó fortalecer en ese proceso es el énfasis en su identidad y así empezaron a cantar en emberá. Pero también les insistía en otros ámbitos. “¿Por qué no usan algo de su ropa de allá?”, les decía. La respuesta siempre era la misma: “Profe, nos tocó salir rápido del Chocó. No tenemos nada. Cada uno escapó una noche con una sola maleta”, respondían ellos. El productor reflexionaba sobre esto. “Ellos no están acá porque quieran estar. ¿Quién va a preferir la ciudad teniendo la montaña? Absolutamente nadie”, explica. 

Akore reconoce que a pesar de estos estímulos ofrecidos por las entidades, una de las principales barreras para fortalecerse han sido sus propias comunidades. Dice que, desde niño, ha sentido que a los indígenas jóvenes les ponen un techo: “Parece como si nosotros no estuviéramos para hacer cosas grandes… ¿por qué tienen esa mente tan cerrada? Estamos en pleno siglo XXI, ya no estamos en la era de los ancestros”, señala. En su comunidad cantar era motivo de burla. “Todo el mundo se tira a reír… usted no está para eso, usted no tiene ese talento”. Esa burla, afirma, apaga la luz de quienes quieren intentar algo distinto y es también una forma de control: “No valoran a la juventud. Eso me ha pasado incluso aquí, en la UPI, en La Florida”. 

Para él y sus compañeros ha sido difícil desligarse de su pasado pero insiste en que se juzga a los jóvenes sin entender sus circunstancias. 

Por eso Akore insiste en que la inclusión no puede quedarse en el discurso: “Démosles un oficio, démosles oportunidades para que dejen de gaminear y divagar. Abramos una puerta: una escuela de música, de danza, algo que los encamine hacia el futuro”, agrega. 

Unas semanas después, en el centro de Bogotá, volvemos a ver a Embera Paima, Ragüi y Akore, quien lleva a su hermano menor Cesar. Él no es músico sino deportista. Practica Calistenia. A veces acompaña a su hermano en sus conciertos y entrevistas. Esta vez Akore lo invitó a un taller de comunicaciones que tendría en la Universidad de los Andes. En sus redes sociales, Cesar se graba en cualquier parque y muro de Bogotá donde pueda hacer flotar su cuerpo y resistir a la gravedad con la fuerza de sus brazos. Embera Paima también llega entusiasmado ya que es muy activo en sus redes sociales. 

Con el atardecer cayendo sobre los cerros de Bogotá, frente a la iglesia de Las Aguas, Cesar toma la cámara en sus manos y graba a los tres raperos improvisando en medio de la calle y cantan en emberá una de las canciones de su disco: ‘No queremos más guerra, quiero volver a mi tierra, no quiero sentir más dolor’. No es la época de sus ancestros, pero con estos versos le dan a su pueblo un lugar en este siglo. 

*Este texto parte del especial Kundrara Bogotá: Ser joven emberá en la ciudad

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Gabriela Herrera

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