La aerotrópolis dorada

Y si la ciudad y Colombia y la vida es oír aviones, si no hay Dorado sino ruido permanente, uno se acostumbra porque fueron el abuelo y la abuela las que decidieron. Y ahí se vive y se sueña y todo. Testimonio desde Fontibón. Y dice así….

por

Simón Díaz Calderón


18.02.2026

Portada: Juliana Terán

Somos ese relato que cada uno nos hacemos, en este especial Colombia-Bogotá tenemos testimonios de jóvenes que intentan encontrar sentidos en sus vidas, querencias en sus destinos, ironías en sus sufrimientos. Hay de todo, pero sobre todo mujeres, muchas mujeres, mujeres construyendo. Hay de todo, pero sobre todo risas, historias, ganas, comidas, atrevimientos para sobrevivir con dignidad. Hay de todo, pero sobre todo violencias. Hay de todo, pero sobre todo, ausencia de Estado. Bienvenidxs a Destino Colombia

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Oigo las turbinas de los aviones. Siguen ahí, creo que nunca se fueron. Es probable que mientras yo esté acá, ellas no se vayan. Bueno, se irán volando a Quito o a Medellín, de pronto a Ciudad de Panamá o a Samarkanda. Pero, indudablemente, volverán. Hoy, de nuevo, como todos los días, me recibe su estruendo metálico. Uno se acostumbra a ellas, son parte del ambiente. Retumban en los tejados y en nuestras ventanas. Quizá también en nuestros recuerdos.

De pequeño, los aviones eran una de las señales que indicaban que estaba cerca de la casa de mi abuelita Marina. En ese entonces, la ciudad me parecía una mancha irreconocible hecha de concreto y varilla. Yo nací en Bogotá, pero por muchos años tuve una dificultad terrible para orientarme en ella. No sabía distinguir un sitio de otro. El ladrillo de Marly me parecía igual al de Palermo; el verde de Guaymaral se me hacía idéntico al de los potreros de la 80.

Pero Fontibón no es igual. Ese chirrido metálico de los aviones, inflado y áspero, solo se encuentra alrededor de El Dorado

***

La casa es, más bien, normal. Clase media, un poco anticuada. Comenzaron a construirla a finales de los años 60. Una parte del dinero salió entre mi abuelo José Hernando y mi tío José. La otra parte salió de mi abuela Marina. Compraron un lote rodeado de potreros a las afueras de Fontibón. El lote estaba a medio camino entre el pueblo y el aeropuerto, a unos veinte minutos de la carrilera y las antiguas haciendas de la sabana. Apenas hace un poco más de 10 años, en 1954, Fontibón había sido integrado a la ciudad de Bogotá.

Mi abuelo venía de Funza. Era electricista, llegó a Bogotá en la década de 1930. Cuando sucedió el bogotazo, mi abuelo vivía por la calle 13, en el barrio Ricaurte. Quizá fue el caos de aquel evento lo que lo motivó a buscar una casa tan lejos. Años después le ofrecieron varias permutas por propiedades en otros sectores de la ciudad, una de las ofertas fue en Quintaparedes y otra más cerca, también en Fontibón. Alguna vez oí que mi abuelo rechazó esos tratos por una suerte de resentimiento, porque no quería ir a vivir cerca de ricos y perder su humildad y buenas costumbres. Mi papá y mi tío dicen que fue por pensar a corto plazo, ya que no le veía uso a tener más tierra de lo necesario. De pronto fue porque la ciudad se sentía más segura desde la distancia, desde Fontibón.

Mi abuela venía de Guachetá. Llegó a Bogotá en los años 50, y aquí aprendió a ser secretaria. Siempre llevaba un ímpetu campesino a todas partes, una necesidad de seguir trabajando. Era una necesidad autoimpuesta. Como una forma de replicar a mi bisabuela –su madre–, que era imparable y mantenía un movimiento permanente. Mi abuelita era una mujer menuda y vívida, que se acostumbró rápido a la vida de la ciudad. Iba con frecuencia a reuniones sociales y manejaba su propio dinero. Realmente, siempre estuvo involucrada en la toma de decisiones. Ella se enamoró de mi abuelo en Puerta de Teja, se conocieron en una fiesta. Lo que la enamoró de él fueron sus ojos verdes y su talante de caballeroso.

Mis abuelos levantaron la casa de a pocos, como suele suceder. Una mitad del lote quedó para mi tío José. La otra mitad quedó para mis abuelos. La casa lleva acá más de 50 años. Tiene los cimientos un poco vencidos, y a estas alturas luce algo anticuada. Las baldosas del suelo y el entablado del techo son más viejos que yo. Los marcos de las ventanas vibran con el paso de los aviones y, eventualmente, se abren goteras en el invierno. A pesar de todo, todavía está aquí.

«Fachada de mi casa y el bugambil de la casa de mi tío José» por Simón Díaz

***

La construcción del aeropuerto El Dorado comenzó en 1955 y finalizó en 1959. En su momento, parecía muy lejano a la ciudad. Bogotá se limitaba al centro histórico, y Fontibón era un pueblo distante. Desde mediados de los 40, la tremenda centralización del país y la creciente violencia en las zonas rurales llevaron a una migración masiva a los centros urbanos, principalmente a Bogotá. La mayor parte de esta población llegó al occidente y sur de la ciudad. En el caso de Fontibón, la mancha urbana se extendió informalmente alrededor del aeropuerto, en predios sin utilizar y que estaban alejados del pueblo y de la ciudad.

Las familias de estos migrantes rurales llevan décadas aquí, muchas van ya por su tercera o cuarta generación. Algunos todavía recuerdan el aeropuerto con cierta nostalgia. Hubo un tiempo en el que era común ir a los potreros para recostarse a ver los aviones despegando, es un recuerdo de la generación de mi papá. Incluso, en una época daban café gratis en el aeropuerto y la gente iba allá para reunirse, aquel es un recuerdo de mi abuela. 

Hoy en día la mayoría de los habitantes de Fontibón hablamos del aeropuerto con cierto fastidio y cierta animosidad. Parece que ya no existe ese afecto hacía El Dorado. Parece que nuestro afecto quedó tapado por el chirrido de las turbinas y las promesas de desarrollo urbano sostenible, que finalmente parecen apelar más a los intereses de gringos gentrificadores.

Es frecuente que la gente tenga miedo de que el distrito quiera tomar sus casas para demolerlas como parte del plan de ampliación aeroportuaria. Este temor sólo ha empeorado desde que empezaron las obras del metro en la avenida Caracas. Creo que esto habla mucho de una Bogotá —probablemente también de una Colombia— ensimismada, sin dirección clara y que vive jalando a todas partes. Los unos construyen y los otros derriban, unos lloran y otros ríen y, entre tanto relajo, perdemos la carrera y todos los demás nos sacan ventaja.

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Simón Díaz Calderón


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