El horror viral: el reto de testimoniar genocidios en la era del scroll infinito

Aunque el horror de las guerras ha sido una constante a lo largo de la historia humana, la manera en que lo testimoniamos hoy ha cambiado radicalmente: de los relatos susurrados de genocidios pasados al testimonio inmediato de celulares y redes sociales. ¿Cómo navegar esta nueva realidad?

por

Oskar Gutiérrez Garay

Psicólogo, magister en literatura y doctor en pensamiento complejo


22.09.2025

Portada: Isabella Daza

Sobre esta tierra, la señora de la tierra

la madre de los principios

la madre de los finales

era llamada Palestina

siguió llamándose Palestina

Señora mía, yo merezco!

Porque tu eres mi señora

Yo merezco la vida!

Sobre esta tierra / Mahmoud Darwish

Al revisar de nuevo el maravilloso y crudo texto de Alfredo Molano: Los años del Tropel, pienso que el horror es la verdadera constante. Cambian los actores, los propósitos, las banderas, los colores, pero el núcleo de la tragedia parecería intacto. “Una vez vi llegar trece cadáveres de unas familias de liberales que habían asesinado en la vereda La María. Fue la primera vez que yo vi tanta violencia: a unos les habían hecho el corte de corbata; yo no sé cómo diablos les sacaban la lengua, que quedaba como una corbata; a otros les habían hecho el corte de franela, y la cabeza les quedaba colgando; una muchacha, bonita ella, venía desnuda con un seno en la boca. No era la muerte lo que a uno le daba miedo, sino el hecho de que se le hubiera perdido el respeto. ¿Cómo se puede aceptar tanto crimen, tanta maldad?”

La llamada Violencia no recibió su nombre únicamente por la magnitud de las vidas que arrasó, sino por la crudeza con que se ejecutaron los asesinatos, las mutilaciones y los desmembramientos: actos que parecían ensañarse con el cuerpo para dejar cicatrices imborrables en la memoria de generaciones. 

El horror de las guerras y la violencia extrema ha sido una constante histórica. Lo que ha cambiado radicalmente es la forma como lo testimoniamos y documentamos: de los relatos orales y cartas, pasamos a la fotografía, y ahora vivimos la era del testimonio inmediato a través de celulares y redes sociales. Y sabiendo esto me interpelo, me cuestiono, maldigo la realidad misma: ¿por qué permitimos que pase esto con el pueblo palestino y qué podemos hacer para frenarlo?

El patrón que se repite

El negocio eléctrico que financió a los batallones responsables de los ‘falsos positivos’ en el Oriente Antioqueño

ISAGEN, ISA y EPM entregaron más de 40 mil millones de pesos entre 2002 y 2007 a las unidades militares que cometieron el mayor número de asesinatos de civiles, presentados como guerrilleros muertos en combate.

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Los genocidios, pogromos y masacres han marcado cada época con su particular sello de crueldad. Escribo esto no para sosegarnos ni justificar nuestra inoperancia, sino porque el enfoque ante la evidencia debe ser muy diferente ahora.

El misionero danés Aage Meyer Benedictsen describió la masacre armenia como «un crimen devastador: el intento, planeado y ejecutado a sangre fría, de asesinar a todo un pueblo». Entre ochocientos mil y un millón y medio de armenios fueron asesinados desde 1915. Hoy solo 34 países reconocen este genocidio; Turquía lo sigue negando. En 1939, Hitler preguntó: «¿quién se acuerda hoy de los armenios?».

Llegaron los campos de concentración. La tragedia se elevó a proporciones industriales. 

Cuando veo en tiempo real las bombas caer sobre Gaza, los niños famélicos, la brutalidad desproporcionada, no puedo dejar de preguntarme qué pensarían Primo Levi o Jean Améry. Casi podría apostar que condenarían sin eufemismos este genocidio.

En Srebrenica, ocho mil musulmanes bosnios fueron asesinados. En Indonesia (1965-1966), un millón de vidas arrasadas llenaron los ríos de cadáveres. En Ruanda, en cien días de 1994, un millón de tutsis exterminados bajo el eco de una radio que convertía ondas en machetes. Los gulags soviéticos: entre uno y tres millones muertos en Siberia, donde Solzhenitsyn transformó el dolor en literatura. En China, la Revolución Cultural: siete millones de muertos, millones sometidos al Laogai que convirtió la vida en laboratorio de obediencia.

La universalidad del patrón jamás desaparece: machetes en Ruanda y Colombia, hornos en Europa, gulags en Siberia, radios del odio, «reeducación» en China. Las herramientas cambian, la crueldad permanece.

Antes, el horror llegaba en susurros o testimonios tardíos; hoy se transmite en tiempo real. Hemos pasado del silencio forzado al ruido digital. Como afirma Alain Touraine: «No es fácil restituir la palabra a quienes nunca la tuvieron, cuyos heraldos murieron sin que memorial alguno los registrara». Hoy esto resulta muy distinto. La diferencia esencial con los horrores de otros tiempos es que hoy ya no cabe la coartada de la ignorancia. No podemos alegar que no sabíamos, ni fingir que aquello ocurría en la penumbra. La tragedia sucede frente a nosotros y, si elegimos cerrar los ojos, habrá siempre una pantalla encendida devolviéndonos el reflejo de nuestra indiferencia

De la ausencia a la saturación: el reto 

El smartphone es el nuevo testigo. La guerra en Ucrania se libra también en la inmediatez de las pantallas. No es solo un enfrentamiento en trincheras y ciudades devastadas: se ha convertido en la primera guerra de TikTok, una contienda retransmitida al instante, donde las redes sociales son ahora trincheras digitales desde las que se siguen los hechos en tiempo real. El teléfono móvil, convertido en cámara, cuaderno y testigo, ha transformado por completo la labor de los corresponsales de guerra, desplazando la radio y la televisión para imponer un flujo incesante de imágenes y fragmentos de vida al borde del colapso. El maravilloso y doloroso documental No other land es un ejemplo de ello. Sin embargo, la abundancia de registros digitales abre un dilema inquietante: las mismas plataformas que difunden testimonios de horror también los borran y censuran. En su esfuerzo por eliminar contenidos que consideran terroristas, violentos o cargados de odio, están borrando huellas que podrían convertirse en pruebas para investigar crímenes de guerra. Así, la memoria queda atrapada en un frágil equilibrio entre la visibilidad inmediata y el riesgo de la desaparición digital. 

Es acá donde se libra la nueva batalla, y en donde la mayoría de nosotros podemos participar para hacer frente al horror y al genocidio. La denuncia es la primera forma de memoria y de nosotros depende poder también no solo ser consumidores o negadores de imágenes y horrores, también de dialogar y conocer las causas históricas, los juegos de poder, las trampas y artificios del lenguaje para justificar lo que no tiene justificación, y especialmente, para que nuestras denuncias vayan más allá de gritos histéricos evanescentes y que movilicen acciones contundentes como bloqueos comerciales y potencie las ayudas humanitarias.  

La historia demuestra que el testimonio solo rompe la impunidad cuando se convierte en acción judicial y política. Así ocurrió en los Juicios de Núremberg, donde fotografías y relatos de los campos nazis dieron origen al concepto de “crímenes de lesa humanidad”. También en la detención de Pinochet en 1998, posible gracias a décadas de denuncias, en la lucha de las Madres de Plaza de Mayo que llevaron a Videla a prisión, y en el juicio contra Milošević en La Haya, impulsado por las pruebas y testimonios de Srebrenica.

Hoy, el reto es que nuestras denuncias digitales no se diluyan en el scroll infinito de TikTok o Instagram o que el activismo se reduzca a un clic. Es importante comenzar por ahí, pero hay que hacer más. El consumo de imágenes fragmentarias puede resultar estéril. Ver y repostear podría servir solo para crear tendencias, pero para entender el fenómeno se requiere un esfuerzo cognitivo importante. La diferencia entre la indignación viral y la memoria transformadora está en nuestra capacidad de convertir el testimonio en compromiso sostenido que salvaguarde y organice el acervo probatorio. La información está en la “nube”, en servidores controlados por personas muy poderosas; información susceptible  de ser manipulada para encubrir los crímenes. Ese archivo infinito es, al mismo tiempo, frágil: lo que hoy parece memoria colectiva puede desvanecerse en servidores privados. Tenemos la Deep Web, que al no estar indexada en motores de búsqueda tradicional, la encriptación y su uso ético y responsable permitirían salvaguardar la integridad de ese importante material.  

Me viene a la mente el genial documental Huellas de desaparición, sobre los desaparecidos del Palacio de Justicia, hecho en conjunto por la Comisión de la Verdad y Forensic Architecture. Apuestas así nos muestran el camino: transformar el testimonio fragmentado en narrativa sostenida, con líneas de tiempo consistentes, puntos de fuga que permitan múltiples perspectivas que convierten el grito viral en memoria permanente. Este documental fue hecho con todos esos fragmentos de videos que incluso se trataron de censurar y borrar, pero el trabajo investigativo produjo una narrativa sostenida y un material importante e innovador. Imagino ejercicios así que trasciendan el algoritmo, creación de relatos que no se borren con la siguiente actualización. Estas apuestas tecnológicas y narrativas incluyen un elemento pedagógico, así como la responsabilidad de maestros y maestras para poder analizar en las aulas este tipo de material. 

Armar el rompecabezas del genocidio para ordenarlo en el tiempo, teniendo el panorama más amplio y el análisis más complejo nos ayuda a entender el fenómeno. En TikTok e Instagram no solo hay imágenes o videos para perder el tiempo. Hay esfuerzos por enseñar del tema, por no quedarse solo en el morbo de la escena dolorosa y trágica. Recomiendo especialmente en Instagram a Nerds de la historia.  

La fatiga digital, el otro reto

Susan Sontag nos recuerda que la guerra, en el mundo contemporáneo, se vuelve “real” solo cuando está acompañada de imágenes. La atención pública, moldeada por los medios, responde a lo visible, a lo que puede ser encuadrado y repetido en pantallas. Y mientras tanto, la sobreabundancia de imágenes puede producir fatiga, incluso rechazo frontal. Ser testigos en tiempo real nos exige ir más allá del consumo de imágenes del horror: comprender las causas históricas, desenmascarar los discursos que legitiman la barbarie y movilizar acciones concretas, desde sanciones económicas hasta presión para que la justicia internacional actúe. Así, la saturación de fotografías no solo documenta el dolor, también lo transforma en un espectáculo cotidiano, en un flujo constante que anestesia tanto como informa. 

Algunos ciudadanos convertidos en espectadores han aprendido a consumir la violencia como si fuese un espectáculo seguro: proximidad sin riesgo, cercanía sin herida. La imagen y el video cansan, agotan, pero son deber. Deber porque el cansancio podría resultar una estrategia para Israel: que nos acostumbremos, que normalicemos, que pasemos de pantalla, que bloqueemos, o que el algoritmo se vaya autoconfigurando para facilitar la impunidad. Deber porque los sobrevivientes nos legaron una responsabilidad: ser testigos incómodos en una época que prefiere el entretenimiento al compromiso. Pero el precio puede ser el agotamiento por sobreexposición. 

No hay una medida exacta, un punto de equilibrio entre la denuncia y el agotamiento emocional que supone ver y escuchar tanto horror segundo a segundo. El costo psicológico puede ser alto: los mecanismos de defensa van desde el chiste, la negación o la absoluta omisión del tema, por el desapego emocional progresivo, o el trauma vicario que hace que experimentemos ansiedad y depresión por el esfuerzo del compromiso empático ante el dolor del otro. Debemos cuidarnos, pero también debemos seguir denunciando. Resulta fácil en la red social de preferencia configurar para elegir qué ver y qué no. Salir a las calles a marchar, leer poesía y literatura, o una buena película que problematice el genocidio, pueden tener ese efecto un poco desintoxicante al scroll infinito de tragedias.

 El hábito de mirar los horrores a distancia ha cultivado un cinismo que desconfía incluso de la sinceridad del testimonio. Pero ninguna imagen es un espejo absoluto de lo sucedido. Cada fotografía es una decisión, un encuadre que ilumina mientras oscurece, que revela mientras oculta. Fotografiar es elegir, y en esa elección se cifra tanto la verdad posible como la inevitable exclusión de lo que queda fuera del marco.

El arte como salida

Desde la Nakba de 1948, las artes palestinas han sido un archivo vivo de resistencia frente al exilio, la censura y la ocupación. Cuando las cámaras callaban o eran expulsadas, poetas como Mahmoud Darwish, Fadwa Tuqan y Tawfiq Zayyad levantaron con sus versos un testimonio más duradero que cualquier reporte. Narradores como Ghassan Kanafani, Susan Abulhawa y Sahar Khalifeh con Cactus convirtieron el despojo, el exilio y la vida bajo ocupación en literatura universal. La música de Marcel Khalife o Rim Banna y el cine de Elia Suleiman prolongaron esa memoria, transformando dolor en himno y absurdo cotidiano en arte. Hoy, documentales como No Other Land o películas como La voz de Hind Rajab de Kaouther Ben Hania continúan esa tradición: un testimonio cultural que ningún algoritmo puede borrar. 

La diferencia crucial es que estos artistas no esperaron a que el mundo los viera para existir. Crearon su propio lenguaje, sus propios canales, su propia forma de testimoniar. Mientras nosotros debatimos si compartir o no compartir un video, ellos ya habían entendido que el arte es la forma más duradera de testimonio, la que sobrevive cuando se corta el wifi, cuando cae la señal, cuando los servidores se saturan. Son esos rumores y susurros que Varujan Vosgonian utilizó para ese maravilloso El libro de los susurros, para enseñarnos y denunciar sobre el genocidio armenio. 

En la era del testimonio inmediato, todos llevamos en las manos un ojo que registra y un archivo desproporcionado que resiste, pero que también puede ser mentiroso y manipulado. El horror, lo sabemos, no cesará: la historia insiste en repetirse y alargar sus sombras. Pero ahora la memoria no depende solo de archivos oficiales ni de monumentos fríos. Cada imagen, cada palabra, cada gesto compartido con responsabilidad y ética puede convertirse en un acto de resistencia contra el olvido. La pregunta, entonces, no es si veremos nuevos desastres (porque los veremos), sino si tendremos la valentía de transformar esta capacidad inédita de atestiguar en un compromiso colectivo con la verdad, antes de que la indiferencia o la saturación borren incluso lo que aún duele y sigue abierto.

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Oskar Gutiérrez Garay

Psicólogo, magister en literatura y doctor en pensamiento complejo


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