La Colombia de mi hogar

Colombia es una colección de experiencias familiares que conversan consigo mismas: el esfuerzo de mis abuelos, el sacrificio de mis padres y mis dudas de joven. Y dice así…

por

Diego Alejandro Alfonso Gamba


13.03.2026

Portada: Juliana Terán

Somos ese relato que cada uno nos hacemos, en este especial Colombia-Bogotá tenemos testimonios de jóvenes que intentan encontrar sentidos en sus vidas, querencias en sus destinos, ironías en sus sufrimientos. Hay de todo, pero sobre todo mujeres, muchas mujeres, mujeres construyendo. Hay de todo, pero sobre todo risas, historias, ganas, comidas, atrevimientos para sobrevivir con dignidad. Hay de todo, pero sobre todo violencias. Hay de todo, pero sobre todo, ausencia de Estado. Bienvenidxs a Destino Colombia. Para ver las otras entradas, haga clic aquí.

Colombia no se siente en los mapas, sino en los comedores. En mi casa, la Colombia que conozco no es un concepto académico, ni un discurso presidencial, ni una estadística del DANE: es el sonido de la olla a presión un domingo, la risa de mis primos, la discusión por política que nunca falta y el eco de historias que han pasado de generación en generación necesarias para ser familia.

La Colombia que aprendí desde las voces de las mujeres

Cuando me piden describir mi nación colombiana pienso en tres escenas. Una cocina llena de voces de mujeres. Una calle donde camino con determinación, aunque me dé miedo. Un país que se reinventa a través de las que nunca dejaron de resistir. Y dice así…

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Mi familia, como casi todas en este país, viene de una mezcla de esfuerzos, pérdidas y esperanzas. Mis abuelos crecieron en un país donde estudiar era un lujo y donde el ascenso social dependía más del rebusque que del mérito. Colombia, para ellos, era sobrevivir: madrugar, moverse, comer lo que alcanzara y agradecer por lo que hubiera. En los relatos que cuentan entre tintos y silencios, se escucha la violencia de los años sesenta, los desplazamientos que los afectaron de manera directa y la costumbre de seguir adelante, aunque la vida empujara hacia atrás.

Para mis padres la nación ya era otra: una Colombia que prometía movilidad social, que hablaba de universidad, de créditos, de hipotecas, de ahorrar para que en un futuro los hijos estuvieran mejor. Ellos crecieron entre la incertidumbre del narcotráfico, la televisión que moldeaba imaginarios y un país que se partía entre clases sociales que rara vez se cruzaban. Sin embargo, nunca perdieron la idea de que el futuro era posible. Esa fe tan colombiana como el tinto en la mañana y en la tarde, es el rasgo familiar que más me define.

Mi generación heredó otra Colombia. Una donde estudiar dejó de ser excepcional, donde la desigualdad sigue igual de evidente, pero donde la conversación se mueve entre redes digitales, memes, ansiedad académica y sueños que suenan más globales que locales. A veces siento que vivimos en un país que nos queda grande y pequeño al mismo tiempo: grande por sus problemas, pequeño por las oportunidades que parecen repetirse para los mismos.

Pero cuando regreso a casa, cuando la familia se reúne y el comedor vuelve a ser ese territorio común, la idea de nación se acomoda y toma otra forma. Ahí entiendo que Colombia es una colección de experiencias familiares que conversan consigo mismas: el esfuerzo de mis abuelos, el sacrificio de mis padres y mis dudas de joven que intenta definirse en medio de un país que cambia más rápido de lo que uno alcanza a procesar.

La nación que yo reconozco no es la de la selección Colombia, ni la de los titulares de los noticieros, ni la de las cifras que uno repite en clase. Es una Colombia que vive en el cotidiano: mi mamá diciendo que tenga cuidado al salir en Bogotá por la inseguridad de la calle; mi papá explicando por qué todo está más caro según el DANE; mi abuela recordando que “antes todo era peor” y mis primos contando cómo ven la ciudad desde el trabajo. En esa mesa se actualiza el país todos los días a punta de anécdotas y, también, esperanza.

Lo que he descubierto es que la nación colombiana no es una sola: cada familia construye la suya. La mía está hecha de esfuerzo, de humor, de resiliencia y de esa mezcla de tristeza y orgullo con la que los colombianos seguimos apostando por el futuro, aunque la realidad diga lo contrario. Si me preguntan qué es Colombia para mí, no pienso en la bandera: pienso en la mesa del comedor.

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Diego Alejandro Alfonso Gamba


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