La voz de las víctimas

Hoy es un día para conmemorar y dignificar a las víctimas de la violencia en Colombia. Estos son sus testimonios y sus expectativas. Y son, también, un retrato de todas las caras de la violencia y de las muchas formas en las que como seres humanos han conseguido sobrevivir.

[_Especial 070 //

Hoy es un día para conmemorar y dignificar a las víctimas de la violencia en Colombia. Para reconocer que los hechos del conflicto armado ocurrieron, para resaltar y reconocer la capacidad de las víctimas de resistir, de recuperarse y de seguir en su lucha para que la verdad triunfe al silencio. Son más de 8 millones de víctimas, y en un conflicto que encuentra maneras de reinventarse, cada día son más. Hoy, 9 de abril, aplaudimos su resiliencia y su coraje. Estos son sus testimonios y sus expectativas. Y son, también, un retrato de todas las caras de la violencia y de las muchas formas en las que como seres humanos han conseguido sobrevivir.

Cuando una persona LGBTI es víctima del conflicto se enfrenta a la soledad absoluta. Es un estado de angustia permanente, porque no tenemos a nadie, nos sentimos solos, aislados. Nuestro entorno protector (la familia, las escuelas, el trabajo) es muy débil y reducido. Para muchas personas trans, por ejemplo, sus entornos protectores se reducen al barrio en el que ejercen la prostitución o a sus demás compañeras trans. Muchas personas LGBTI no han accedido a la educación y sus familias los excluyeron en el momento en que decidieron asumir su identidad. Cuando una persona LGBTI es amenazada, lo primero que hace es salir del territorio, desplazarse y romper con esos poquitos vínculos y entornos a los que pertenecía. Tiene que moverse a otra ciudad o a otra comuna, donde el círculo de violencias permanece. Llega a un contexto en el que las vulneraciones continúan, porque son espacios con entornos agresores, que no aceptan su identidad de género u orientación sexual.

La violencia que ha ejercido el conflicto armado sobre la población lGBTI se ve reflejada en nuestros cuerpos. Porque es a través de nuestros cuerpos que hemos construido nuestras identidades y nuestras resistencias. Sentimos el miedo de tener que escondernos, de no poder nombrarnos ni representarnos. El miedo de tener que mimetizarnos, de tener que pasar desapercibidos, de ir a las grandes ciudades para intentar ser uno más. Tenemos que desdoblarnos de nuestros cuerpos e identidades.

Ahora esperamos que la JEP y la Comisión de la Verdad nos permita esclarecer lo que ha pasado con nosotros, que se reconozca que hemos sido víctimas de un delito de lesa humanidad como el de persecución, y que haya garantías de no repetición. Porque para las personas LGBTI no basta con que nos devuelvan al pasado, al momento antes de que fuéramos víctimas del conflicto armado, pues para nosotros no existe un pasado mejor. Lo que necesitamos son garantías para un futuro posible.

En este mundo todos nos preparamos para algo. Un doctor se prepara para hacer cirugías, un maestro para enseñar, un bombero para apagar incendios. En mi caso, yo me preparé para ser policía, sabiendo que eso podría significar dar mi vida para defender a otras personas y siendo consciente de la situación de violencia que vivía el país. En el entrenamiento nos enseñaron cómo repeler una toma, pero nunca nos prepararon para un secuestro. Por eso, cuando llegó el momento de la toma de Mitú, tuve miedo, pero sabía qué hacer. El miedo real llegó cuando se nos acabaron las municiones y nos cogieron. Lo primero que pensé fue que nos iban a llevar a la plaza a darnos un tiro de gracia. No sentía las piernas, solo sentía pánico. No nos asesinaron, pero nos internaron en la selva y así pasaron 33 meses secuestrados, en donde dormíamos colgados en hamacas y las necesidades las hacíamos vigilados por 10, 15 guerrilleros para que no nos fuéramos a escapar. Hubo una ocasión en que en la comida nos salieron vidrios y nos tocó colarla con la ropa para poderla comer. Los granos siempre estaban llenos de gorgojos y no les echaban nada de condimentos o sal. Hoy no soy capaz de comer lentejas.

Desde que salí, cada tres meses tengo citas con psiquiatría porque aún tengo pesadillas y temor de salir a la calle. Durante mucho tiempo vi rostros parecidos a los de las personas que nos tenían en cautiverio. Hubo un tiempo en el que hasta escuchaba voces que me decían “mírelo, ahí está”, pensaba que me estaban siguiendo pero no era nadie, era mi cabeza. Esto es lo más devastador que le puede pasar a un ser humano. He tratado de salir adelante con ayuda de mi esposa, mis hijos y mis papás.

Y ahí seguiré. Yo perdono a las personas que me secuestraron. Si me los encontrara los abrazaría, les diría que esas son cosas del destino tanto para ellos como para nosotros. Me gustaría que me contaran cómo ellos vivieron la toma y cómo nos veían a nosotros. Tengo esperanza en la paz, pero lo veo difícil por parte de la guerrilla. El ‘Mono Jojoy’, una vez en cautiverio, nos dijo: “¿ustedes creen en la puta la paz? Qué paz ni qué vaina, la paz se da es pero haciendo PAZ PAZ PAZ”, mientras le pegaba golpes al fusil. Por eso creo que la paz debe empezar por el gobierno y dándole beneficios a todos los ciudadanos.

Entre 1984 y 1985 el M-19 y el gobierno del presidente Belisario Betancur estábamos en plena negociación de un posible acuerdo de paz. Yo era el representante del M-19 en esa negociación y, aunque el Presidente tenía interés en su éxito, el proceso no avanzaba. Betancur no contaba con espacio político para lograrlo. A finales de junio de 1985, unos compañeros y yo estábamos desayunando en una cafetería de Cali. Una persona entró y nos arrojó una granada de fragmentación que estalló al lado de mi pie izquierdo. A mi cuerpo entraron 136 esquirlas, una de las cuales penetró mi cuello y, además de estar a punto de matarme, cortó el nervio hipogloso izquierdo, por lo cual perdí el control parcial de mi lengua. Desde entonces, hablo como lo hago: a media lengua. La explosión también me produjo una grave herida en el pie izquierdo. Después de dos semanas internado en el hospital Universitario de Cali, fui trasladado a México con autorización de los gobiernos colombiano y mexicano. Allí amputaron mi pierna.

Perdoné hace muchos años a los agresores y firmé con Carlos Pizarro la primera paz contemporánea de América Latina el 9 de marzo de 1990. Estoy convencido de que la paz es el camino. La historia lo ha demostrado.

 

Donde yo no me hubiera ido de mi casa, donde no lo hubiera dejado todo, no estaría vivo. Nosotros, los Guerrero, éramos 27 hermanos que no teníamos nada que ver con la guerra, pero llegó el día en que nos pusieron a elegir entre un lado o el otro, eso no lo pudimos hacer y ahí empezó la persecución. A los paramilitares se les implantó la idea de acabar con toda la familia, asesinaron a dos de mis hermanos y al resto nos desparpajaron. Después de vivir todos en una misma vereda, cada uno tuvo que coger para lugares diferentes.

Guerrilleros y paramilitares nos causaron un daño irreparable. En mi caso, además de mis tres hermanos, perdí a dos hijos y seis sobrinos. Camilo Guerrero Remisio, uno de mis hijos, fue reclutado por la guerrilla de las Farc cuando tenía 13 años, tres años después se logró escapar y llegó a una finquita que teníamos. Me cuentan que hasta allá le llegaron, le hicieron cavar su propia tumba y luego le dispararon. Por eso yo digo que esta guerra lo único que dejó fue dolor, desespero, sangre, dolor, huérfanos y viudas. En el sur del Tolima, por ejemplo, muchos no saben dónde están sus familiares, el único que podría dar razón es el río y él no habla.

La única forma de que haya paz es si hay reparación a las víctimas. Si es no sucede, puede quedar la espina atormentando.

 

Más que víctimas, somos sobrevivientes que estamos en constante revictimización. Ha sido un proceso muy difícil. Se niegan a contarnos la verdad. Nos dan tantas vueltas, nos ilusionan y al final no salen con nada. Yo no entiendo este Proceso de Paz. Es como si solo respaldara a los matones, a los delincuentes. Y con este nuevo gobierno yo creo que va a haber impunidad total. Seguimos en la espera de la verdad, de la justicia, pero no hay ningún resultado. Los casos siguen ahí, embotellados. Hay audiencias y los señores se enferman. Se enferma el coronel, se enferma el abogado y uno lo que hace es perder el tiempo. Nos siguen mamando gallo.

Sabemos que no van a decir la total verdad, pero tenemos esperanza de saber qué pasó, por qué se los llevaron. Yo fui a la audiencia con las madres de Soacha, quería ir a escuchar para ir amortiguando este dolor que me tiene el corazón tan arrugadito, tan triste. Cuando los escuché, sentí como si estuviera escuchando cómo se llevaron a mi hijo aunque fueran los hijos de otra persona.

Estuve muy mal. De nuestro caso, sin embargo, por ahora no se sabe nada. Para completar, el alcalde de El Copey decidió pelar el lote donde está enterrado el cuerpo de Óscar Alexander, mi hijo. Tumbaron todos los arbolitos. Tumbaron todas las señas que conocía el sepulturero que los enterró. Sin esas señas, él dice que no se acuerda dónde están los cuerpos. Todavía hay uno que no aparece. Los otros dos que ya exhumaron todavía no han sido identificados. Yo sigo pensando en pie firme para no caerme. Sigo luchando porque las cosas no aparecen si uno no las busca.

Creo que es difícil que una persona que no ha sufrido una amenaza entienda lo que significa. El que te amedrenten con quitarte la vida por lo que estás haciendo te hace sentir una tremenda inseguridad, intentan con ello bloquear tu capacidad de actuar y genera mucha desconfianza sobre todo lo que te rodea. Implica dejar de tener reuniones, no poder ir en un bus, no poder caminar sola, perder libertad. Todo eso te lo arrebatan.

Las amenazas, además, logran aislarte. Es completamente evidente que lo que buscan es que yo no me siga encontrando con la gente, que los pobladores no quieran reunirse conmigo o que se alejen por miedo, porque estar cerca a mí implica, en sí mismo, una amenaza. Eso me parece muy doloroso porque también hay una perdida de confianza. A mí antes me saludaba alguien y me invitaba a tomarme un café y yo iba con más tranquilidad. Hoy no. Eso es justamente lo que buscan porque, si desconfías, no puedes hacer relaciones, unirte con otros para avanzar en los objetivos que, para nosotros, son la defensa del río, del territorio, del bosque, de la biodiversidad y del habitad que rodea a las comunidades.

Yo tengo mucha ilusión de los avances que ha tenido el país. A veces, lo que para otros es desesperanza, para mí es ilusión. Desenmascarar esos poderes que quieren que Colombia siga sumida en la violencia armada y sociopolítica nos permite tener claridad de quiénes son los que nos quieren agredir y de cuáles son las corporaciones, entidades financieras, económicas o políticas a las que no les interesa que se defiendan los derechos humanos. Dejar al descubierto a los que nos quieren seguir agrediendo, estigmatizando y persiguiendo nos ayuda a lograr una sanción ética y moral hacia esas personas que intentan algo tan terrible como impedirnos el derecho a la libertad de expresión y a la defensa de una justicia social y ambiental. Gran parte de la responsabilidad en la sistematicidad de las amanezas y persecución que sufrimos los líderes en Colombia se debe a la impunidad. No hay sanciones para los funcionarios públicos que abiertamente nos señalan creando un ambiente que impulsa y legitima las agresiones. No sé trata sólo de perseguir a quiénes nos atacan de manera directa sino, sustancialmente, a quienes dan las órdenes, a quienes pagan o motivan los ataques.

 

El atentado al Club El Nogal afectó mi vida en tres etapas diferentes. Al principio no comprendía lo que había pasado, pero al mismo tiempo estaba inmensamente agradecida de estar viva. Lo que vino después fueron días en los que me sentía inservible, me tenían que acostar, alimentar y bañar. Estaba absolutamente incapacitada. Finalmente me di cuenta de que no tenía el apoyo del Estado ni de ninguna entidad privada o pública. Hasta en los seguros dicen, en letra pequeña, que no se puede ayudar a las personas que sufren de un atentado. El proceso fue como hacer un postdoctorado en el infierno.

Pasé de ser una víctima que odiaba a las FARC a ser una víctima que hace un trabajo con ellos. Tuve la oportunidad de hacer unos talleres con exguerrilleros en proceso de reinserción y en ese proceso de escucharlos les pregunté qué le dirían a una víctima: les pediríamos perdón, me dijeron. Pero también me dijeron que querían contar su historia. Ahí me di cuenta de que ellos también son víctimas del abandono del Estado. Comencé a trabajar por la reconciliación y por el Acuerdo de Paz y terminé en La Habana defendiendo el Plebiscito por solicitud de las FARC, pero con una condición: saber la verdad de por qué lo hicieron y a quién estaba dirigido el atentado del Nogal que por poco acaba con mi vida. También propuse hacer encuentros de reconciliación. A la fecha, hemos hecho tres encuentros entre víctimas del atentado de El Nogal y las Farc. A mí no me interesa que nadie más vuelva a sufrir ni un pedacito de lo que yo sufrí.

Personalmente, defiendo la JEP como una unidad clave para conocer la verdad. Me preocupa enormemente que hay intereses oscuros que quieren que el Acuerdo de Paz no funcione. Pero sigo pensando que la decisión más importante en Colombia fue la de lograr la paz con las Farc. Ahora nos falta firmar con el ELN y buscar que ellos no sigan en el proceso terrorista en el que están.

Si las FARC depusieron las armas, ¿por qué nosotros no deponemos nuestros odios?

 

Todo empezó a raíz de una investigación periodística, que en ese momento parecía inofensiva pero no lo fue. En abril del 2005 empezamos a recibir amenazas contra la vida de mi hija, que tan solo tenía seis años: llamadas, correos electrónicos, sufragios y coronas fúnebres. Por la situación, agremiaciones periodísticas me consiguieron una beca para ser Fellow del John S Knight fellowship en la Universidad de Stanford. Mi esposa, Maria Cristina Uribe, y yo decidimos irnos a Estados Unidos.

Dos años después volví al país, las amenazas se volvieron a presentar pero nunca con la intensidad de la primera vez. Un día, el director del programa del Knight Fellowship, Jim Bettinger, fue a visitarme a Colombia y se dio cuenta de que la cotidianidad de mi familia estaba atravesada por las amenazas. Estaba almorzando con él y recibí una llamada de Estados Unidos en la que me hacían una oferta de trabajo. Me acuerdo perfectamente que ni siquiera sabía los detalles pero él me dijo “tú tienes que aceptar”. Le pregunté por qué y me respondió: “¿tú no te das cuenta la vida que están teniendo acá, no merece la pena”. Por ese consejo acepté y me fui a Univision.

Cuando llegamos a California mi hija de 6 años me dijo “papi, este es un país muy avanzado, aquí se pueden bajar las ventanas de los carros”. Era la primera vez que andaba en un vehículo que no estaba blindado. Al llegar a casa me encerré a llorar, sabía que por esta profesión que elegí, y que quiero con todas las fuerzas de mi alma, mis hijos han tenido una vida más dura que la mayoría de los niños.

 

La lucha contra la violencia sexual la hemos librado las mujeres. Es una agenda que es nuestra. Ahora vemos como sectores, partidos políticos y el Gobierno la están poniendo en el discurso público, la están volviendo su bandera. Está bien que les duela la violencia contra las mujeres y contra las niñas pero que no lo utilicen de manera perversa. Tienen que entender que este es un delito que lleva muchos años en la impunidad. El Proceso de Paz abrió una esperanza para que delitos tan dolorosos como éste no queden impunes. Es una esperanza que en este momento tiene muchas incertidumbres. El presidente Iván Duque está abriendo la posibilidad de transformar o devolver puntos de un Acuerdo que ya está formalizado, que ya fue discutido por el Congreso y revisado por la Corte. Esto nos genera mucho desasosiego. Sentimos que nos pueden robar la ilusión de tener justicia.

Aún así mantenemos la esperanza. Desde la Red Nacional de Mujeres Defensoras estamos preparando varios informes para la JEP y para la Comisión de la Verdad sobre las violencias y agresiones contra las mujeres. Entre esas, la Corporación Mujer sigue mis pasos presentará uno sobre violencia sexual. Estas instancias son muy importantes para nosotras porque a través de ellas estamos logrando que se conozca la verdad. Además, como mujeres víctimas hemos podido hacer pedagogía de la paz y transmitir y contar nuestras historias no sólo a otras mujeres víctimas sino también a mujeres no víctimas que han estado expuestas a agresiones parecidas. Esta es una oportunidad para superar las brechas de discrimanción de la que hemos sido víctimas las mujeres.

Queremos que no solo se nos vea como víctimas. Lo importante es poder volver a encontrar significado en nuestra propia vida, que nuestro esfuerzo sea reconocido como uno de resiliencia, y que otras mujeres y los mismos grupos políticos vean que la violencia sexual existe, que se pudo evitar y que no debería volver a ocurrir.

 

Luchar por la búsqueda de los desaparecidos implica un desgaste emocional, una tortura psicológica y una zozobra porque son muchos años de espera. Es una tarea que genera todo tipo de impactos como ansiedad, depresión, estrés postraumático y ataques de pánico. Pero también implica resistencia, estar siempre firmes, haciendo que los desaparecidos no sean más una estadística sino que, de verdad, se entienda toda la descomposición social que hay detrás de que una madre no pueda enterrar a su hijo.

Como lideresa defensora de Derechos Humanos es muy duro darse cuenta de que buscar la verdad en la desaparición forzada no es un tema de la agenda pública. La verdad es saber dónde están esos restos óseos, quién los desapareció y por qué. Hay mucha indiferencia, incluso dentro de las mismas familias. En mi caso, por ejemplo, los paramilitares se llevaron a mi hermano y dijeron que supuestamente era colaborador de la guerrilla. Ante eso, muchas familias se desquebrajan, se dividen, porque no todos son iguales de solidarios y algunos dan la espalda. Uno es el que nunca se cansa de luchar y de buscarlos.

Los líderes de desaparición forzada estamos en una lucha constante entre ser persistentes y resistir porque, como la búsqueda es una labor humanitaria que no deriva en lucro, asistencia integral o estabilización socioeconómica, no le interesa a muchos. Mientras nosotros no seamos una agenda prioritaria del gobierno nacional, no vale el Acuerdo de paz. Para nosotros el 9 de abril no significa nada. Se ha vuelto un saludo a la bandera. Pareciera que las víctimas de desaparición forzada fueran diferentes a las demás. Por eso, nosotros nos identificamos con el 30 de agosto, día de la desaparición forzada.

 

La de Trujillo fue una masacre con motosierras donde arrojaban a las víctimas al Río Cauca. Eso no se olvida. Son nuestros desaparecidos, nuestros asesinados y siempre los llevamos en la mente, los conmemoramos todos los años. Hay que seguir porque la vida no se detiene. La Unidad de Víctimas nos ayudó para poner a funcionar una planta cafetera, con eso no vamos a revivir a las víctimas, pero ha significado mucho para nosotros. Es muy duro que tenga que morir gente para lograr que se fijen en el territorio. Para mí es un orgullo vivir para contar lo que se ha vivido en los territorios.

Creo que siempre es una lucha. En el momento estamos asustados por los cientos de líderes que han matado por estar haciendo memoria y por luchar por la dignidad de la gente. Veo grave la cosa con el nuevo presidente que quiere patrasearnos la JEP, que tiene ganas de hacer objeciones que protegen a los militares. Y si nos vamos a las masacres, el Estado tiene gran responsabilidad. Yo creo que es de lado y lado que tienen que pagar.