Las derechas en el país de la revolución

EN UN PAÍS DE DERECHAS
DONDE NADIE SE LLAMA ASÍ

Paty Godoy

TIEMPO DE LECTURA: 16 MIN

¿Ser mexicano es ser de derechas? Tal vez, quien lo sabe. En este océano de contradicciones llamado México todo cabe. Incluso una contradicción más: ser un país de derechas que se cree de izquierdas.  Este texto periodístico nos cuenta el extraño caso de este país de derechas en el que nadie se asume como tal. ¿Un trabalenguas? No, uno de los modos posibles de narrar la política de un México siempre tan atractivo como complejo y paradójico.

Paty Godoy

“¿ACASO NO EXISTE LA DERECHA EN MÉXICO?”.

Hace ya algunos años, el 1 de abril de 1983, el antropólogo Roger Bartra, pensador y referente crítico de la izquierda mexicana, se hacía esa pregunta, no sin cierta ironía, en un artículo de la revista Nexos titulado Viaje al fondo de la derecha. Bartra invitaba a sus lectores a abandonar “el reino de las apariencias”. Aseguraba que la derecha mexicana no sólo existía, sino que estaba “bien instalada” en un sistema político “terriblemente injusto” como el mexicano en el que la derecha está simultáneamente en el poder y en la oposición, en el gobierno y en la sociedad. Según Bartra la derecha en México, ya desde entonces, está en todos lados, omnipresente.

La Revolución Francesa instauró ese orden simbólico que conocemos como izquierda-derecha a partir de un hecho fortuito: la ubicación de los delegados en la Asamblea constituyente del verano de 1789. Y, como casi siempre en México, donde las cosas suceden aparentemente de otra manera, ese eje se rompe. En un país tan paradójico como éste –que ha podido ser revolucionario pero institucional, oficialmente laico pero profundamente católico– la derecha y sus postulados están en todo el espectro político a pesar de que la herencia simbólica de la Revolución mexicana (1910) –asociada a valores progresistas y laicos– ha provocado que sus políticos sientan, como escribió Bartra, “una gran repugnancia a verse calificados de derecha”.

México, ese lugar llamado pasado

En este ancho mar de contradicciones llamado México, las cosas que sucedieron en el pasado, ese lugar en el que la gente hacía las cosas de otra manera, son casi más importantes que las que suceden hoy. Así, el triunfo revolucionario de los “liberales” hace 110 años convirtió el espacio de la derecha en algo difuso, casi clandestino. Durante gran parte del siglo XX decirse ‘de derecha’ en México fue todo un riesgo: “Había una persecución, no solo política sino también legal y, en algunos casos, bélica en contra de aquellos que trataran de intervenir en los designios de la Nación a partir del pensamiento de derecha”, según explica Luis Ángel Hurtado Razo, profesor de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM.

Durante parte del siglo XX, cualquier idea que contradijera el discurso de la construcción de un estado nacional a partir de los ideales progresistas de una supuesta izquierda revolucionaria fue susceptible de ser considerado enemigo de la patria. Así lo entendió el presidente Plutarco Elías Calles, un político anticlerical, que limitó el culto católico y puso fin a los fueros de la Iglesia. Esto provocó fuertes tensiones que derivaron en la llamada Guerra Cristera (1926-1929), un enfrentamiento entre el gobierno de Calles y los cristeros, una suerte de “soldados de la fe”, que se rebelaron contra el fin de la libertad de culto. La  Guerra Cristera acabó con más de un cuarto de millón de muertos y un acuerdo de paz en el que el gobierno autorizaba las reuniones religiosas católicas pero de manera “clandestina”.

En respuesta, los grupos católicos se articularon políticamente en la Unión Nacional Sinarquista, una organización heredera de los valores cristeros y que gozaba de una amplia base campesina pero cuyo liderazgo estaba en manos de hombres con un cierto nivel intelectual y socioeconómico. “La idea de estas derechas era buscar alternativas programáticas frente a un Estado que las había excluido del Proyecto Nacional”, explica Tania Hernández Vicencio, profesora-investigadora de la dirección de estudios históricos del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH).

Ha pasado casi un siglo desde entonces, pero la carga simbólica de aquel conflicto y sus consecuencias aún parece pesar sobre la política mexicana. “En nuestro país todavía hay muchos políticos que si les dices que son de derecha se ofenden”, se sorprende el profesor Hurtado Razo. Y esto –dice– tiene que ver con la persecución que se configuró a lo largo de muchos años y que desembocó en esta connotación negativa que, hasta hoy, tiene el concepto de derecha en México.

Una derecha transversal

Aunque los mexicanos suelen pensarse a sí mismos como muy diferentes al resto del planeta, ser de derechas en México es, con sus particularidades históricas, más o menos igual que ser de derechas en otras sociedades. Ser de derechas aquí y allá se podría estructurar

a partir de valores conservadores relacionados con ideas como la autoridad, la identidad nacional, el orden, la seguridad, la tradición y la religión que son, todas ellas, asumidas como “profundamente mexicanas”

por muy amplias capas de esta sociedad en todos los ámbitos y discursos políticos. El periodista Álvaro Delgado, autor de diversos libros sobre la ultraderecha en México y sus grupos secretos, lo explica de forma clara: “La derecha en México es transversal a los partidos políticos e incluso un importante sector de ella está en el Movimiento Revolucionario Nacional (Morena), el partido del presidente Andrés Manuel López Obrador”.

La investigadora Hernández Vicencio difiere en cierta medida de esa reflexión ya que en su opinión más que hablar de una derecha mexicana transversal a partidos y cuerpos sociales, lo más adecuado sería referirse a un conservadurismo mexicano que lo atraviesa todo y a todos: partidos políticos, gobiernos e instituciones públicas y privadas. El conservadurismo en México –según explica Hernández– “no es solo una filosofía política sino una actitud ante la agenda pública”.

Para la analista Elisa Gómez, maestra en estudios latinoamericanos y coordinadora de Diálogo Político de la Fundación Friedrich Ebert en México, el conservadurismo es un concepto mucho más útil para entender el funcionamiento de esta sociedad ya, por ejemplo y en su opinión, México tiene “una izquierda muy conservadora” y la mejor muestra es que Morena, el partido en el gobierno, en teoría de izquierdas, mantiene una “extraña alianza” con fuerzas evangélicas de derecha aglutinadas en el Partido Encuentro Solidario (PES). México –destaca Gómez– es en general “una sociedad muy conservadora” y ese conservadurismo se ha fraguado a lo largo de la historia política de sus últimos 90 años en los que “la derecha ha estado acomodada”, añade esta analista.

Un monstruo revolucionario, institucional y ¿de derechas?

La afirmación de Gómez plantea el hecho de que ese monstruo político mutante que dominó la sociedad mexicana durante decenios, el Partido Revolucionario Institucional (PRI), fue una estructura capaz de deglutir y metabolizar una ideología pragmática y conservadora disfrazada de una retórica de izquierda, populista y nacionalista. Con ello pudo dominar las entrañas políticas, sociales, económicas, culturales e intelectuales de México y se perpetuó en el poder hasta crear un sistema hegemónico de partido único que, incluso un escritor liberal conservador como Mario Vargas Llosa, calificó en 1990 como “la dictadura perfecta”.

En un artículo del diario El País, en 2012, el antropólogo Roger Bartra, explicaba ese fenómeno de una forma nítida: “El PRI es una expresión de la derecha desde hace muchos años. No debe sorprender que en México mucha gente asocie la idea de revolución con actitudes conservadoras (…) La revolución, en México, se ha convertido en un mito reaccionario que invita a mirar hacia atrás, a un pasado imaginario y fundacional que no es más que el símbolo de una pesada herencia autoritaria” que el PRI siempre supo aprovechar para sostener un sistema político hegemónico profundamente conservador.

Para que todo ese engranaje retórico y político pudiera funcionar durante tanto tiempo, se necesitaba un antagonista “de derechas”. Así, en 1939, nació el Partido Acción Nacional (PAN), que vivió desde sus inicios en una minoría institucional casi perpetua, pero a finales del siglo XX los mitos priistas se debilitaron –fundamentalmente por el hartazgo social ante la profunda corrupción sistémica– y la sociedad mexicana abrió un proceso de transición al elegir a Vicente Fox como el primer presidente de la derecha democrática. Era el final de una larga travesía por el desierto para este partido que durante mucho tiempo se había visto forzado a preguntarse cuál era su papel en el precario sistema político mexicano: ¿oposición democrática o elemento legitimador del régimen hegemónico priista?

PAN, el individuo al poder

El alumbramiento político del PAN sucedió en pleno auge del Cardenismo, una corriente ideológica definida por el presidente Lázaro Cárdenas que gobernó México de 1934 a 1940 y cuyo principal hito socioeconómico fue la nacionalización de la industria petrolera y la creación de un monopolio estatal llamado Petróleos Mexicanos (PEMEX). En esa coyuntura histórica se fundó el primer partido opositor a los principios de la Revolución mexicana porque, como comenta Ernesto Núñez, periodista y analista especializado en el estudio de la derecha mexicana, “la gente de la derecha se dio cuenta que, ni el movimiento cristero ni el Sinarquismo, era una vía de acceso al poder, ya que ambos eran movimientos casi clandestinos e ilegales”.

Nace así el Partido de Acción Nacional (PAN) con ideología humanista que incorpora al lenguaje político mexicano de aquella época conceptos como individuo, iniciativa privada y humanismo político. Su fundador Manuel Gómez Morín, un político católico liberal, tuvo siempre claro que la tarea primordial como partido de oposición era la de iniciar la construcción de una ciudadanía. “No fuimos formados ciudadanos”, se quejaba el político, y esa carencia era en su opinión la base del problema sociopolítico mexicano. Para el fundador del PAN “era indispensable reconocer la realidad y empezar el trabajo desde la raíz: la formación de una conciencia cívica, de una organización cívica (…) lograr que aparezca el personaje sustancial que no es el gobernante sino el ciudadano”.

Con esa idea, el PAN –según comenta Álvaro Delgado– reúne a un sector de la clase media y a una parte de la oligarquía y las unifica en una fuerza política que trata de contrarrestar a sus adversarios comunes: los partidarios de la Revolución y del Cardenismo. Así, la derecha mexicana inicia la llamada “brega de eternidad”, como definió Gómez Morín al largo camino que debía emprender el PAN hasta conquistar, poco a poco, espacios de representación, poder y gobierno. “Un camino –comenta el periodista Ernesto Núñez– siempre por la vía del voto y entendiendo que el deber ciudadano de la participación política era una tarea permanente”.

Como era natural, las visiones del Partido Acción Nacional y la del Partido de la Revolución Mexicana, PRM (luego PRI) respecto al papel del individuo-ciudadano en la construcción de la República chocan. Mientras el nuevo partido conservador hace una clara

apuesta por el individuo, el partido hegemónico apuesta por la organización popular de las masas agrupadas en tres sectores principales: el obrero, el campesino y el popular.

El PAN nace como un partido laico. Su ideología matriz es “un socialcristianismo a la mexicana”, como describe la historiadora Soledad Loaeza en su libro El Partido Acción Nacional, la larga marcha. Su pensamiento –explica la escritora– nace en círculos católicos de la época como alternativa intermedia entre el socialismo y el capitalismo y que adopta “acentos muy particulares como el asunto de la libertad educativa frente al proyecto educativo de la Revolución; la libertad de afiliación y la primacía de la persona frente al corporativismo sindical y la configuración de sujetos colectivos, el respeto al voto y a la legalidad en una democracia de fachada y una defensa de las libertades económicas, así como el rechazo a un Estado propietario, un Estado expansivo”.

Un modelo económico no tan antagónico

En su lucha política y electoral contra el régimen priista, el PAN tuvo que enfrentar un largo y dificultoso camino ya que –como detalla el periodista Ernesto Núñez– “conquistó sus primeras diputaciones en 1946; su primera alcaldía (Quiroga, Michoacán) en 1947; su primera gubernatura (Baja California) en 1989”. La crisis económica de 1982 provocó que el PRI perdiera el apoyo de una parte importante de las clases medias y el avance del PAN empezó a ser muy notorio y se perfiló como una verdadera opción de poder en el país hasta que en el año 2000 la victoria panista acabó con 70 años de “dictadura perfecta” priista.

Aunque es cierto que hasta ese principio del siglo XXI el PAN no había conseguido gobernar México, “sí había logrado incorporar al poder su agenda económica”, explica Ernesto Núñez. Fue en el periodo del presidente priista Carlos Salinas de Gortari (1988-1994) cuando se unifican los intereses económicos de las oligarquías tanto del PRI como del PAN, “en ese proyecto económico que hoy conocemos en México como neoliberalismo”, sintetiza Núñez.

La representación de la derecha en la política partidista mexicana ha estado siempre en manos del PAN, pero eso no significa –como explica el periodista Álvaro Delgado– que los intereses de la derecha no se hayan encontrado también en otros espacios y partidos. Para Delgado, entre 1988 y 2018, el PRI y PAN mantuvieron una suerte de co-gobierno de facto, etapa a la que se le conoce como PRIAN. Tres décadas en las que ambos partidos prescindieron de sus diferencias y “defendieron exactamente los mismos intereses y aprobaron juntos las principales reformas del país de corte neoliberal”.

Pero, ¿cuál es el catálogo ideológico que ofrece la derecha panista mexicana? Pues el de la seguridad, pero no solo la seguridad pública, tan necesaria en un país violento como México, sino “la seguridad en inversiones, en la protección de las familias convencionales, en los negocios, en la educación”, como explica Álvaro Delgado. Lo sintetiza bien el profesor Hurtado Razo: lo que ofrece el PAN es “un México de valores, tradiciones y estabilidad, familia, religión y moralidad, todo lo que tiene que ver con el conservadurismo”.

Derecha, una palabra que se escribe en plural

Parece una obviedad, pero en ocasiones hay que recordarlo: ni en México, ni en ningún otro lugar del mundo, lo que representa políticamente la palabra “derecha” supone la existencia de un bloque ideológico monolítico. En ese sentido, la investigadora Hernández Vicencio sugiere la necesidad de hablar de derechas en plural. “Si bien -explica- las derechas son un conjunto de actores –tanto colectivos como individuales– que comparten una matriz de valores y una cosmovisión, también existe una pluralidad de estrategias y de programas y por eso es importante hablar tanto de derechas como de izquierdas en plural”.

Pero, más allá del PAN, ¿dónde están esas otras derechas plurales en México? El PAN ha sido el receptor natural de las derechas históricas –según analiza Tania  Hernández–, pero tenemos

grupos empresariales muy fortalecidos en los últimos años y vinculados a los grupos transnacionales –relacionados con grandes sectores estratégicos como las telecomunicaciones, la minería, la banca o la energía– que están relacionados con un proyecto político de derechas liberales del siglo XXI.

Por otra parte, está el activismo de derechas propio de la jerarquía católica y también (mucho menos conocido) el relacionado con los intereses y estrategias de poder de los nuevos grupos religiosos protestantes, tradicionalmente de derechas, pero que en el caso de México en la elección presidencial de 2018 se vincularon con MORENA y con la elección del presidente Andrés Manuel López Obrador.

El profesor y analista Luis Ángel Hurtado Razo suma a esas otras manifestaciones de la derecha las que están configuradas desde la sociedad civil organizada. Son, según Hurtado Razo, “todos estos movimientos que en los últimos tiempos han tenido gran presencia en los medios de comunicación en contra principalmente de la gestión del presidente López Obrador”. Se refiere, por ejemplo, al Frente Nacional Anti-AMLO (FRENA) que en opinión del periodista Álvaro Delgado solo es “un cóctel de rencores que se van a disipar cuando López Obrador no esté en el poder; lo único que los cohesiona es el odio a un individuo y a su proyecto”. En esa misma vertiente y, según agrega Tania Hernández, también están los grupos de la sociedad civil vinculados a las agendas conservadoras en contra de los derechos sexuales y reproductivos, como PROVIDA o el Frenta Nacional por la Familia, o los padres organizados con relación a la educación en la conservadora Unión Nacional de Padres de Familia.

Otras variadas formas del menú de las derechas mexicanas son la de las organizaciones “secretas” que han representado durante decenios una expresión de lo que se podría considerar la extrema derecha. En los años 30 –cuenta el periodista Álvaro Delgado que ha investigado este tipo de organizaciones– nacieron los Tecos con idea de “defender intereses oligárquicos en el estado de Jalisco” e, incluso, fundaron su propia universidad, la Autónoma de Guadalajara (UAG). Años después, ya en la década de los 50, desde el estado de Puebla, surge la organización ultraconservadora El Yunque, con la idea de “defender la religión católica” e instaurar “el reino de Cristo en la tierra”. Ambas organizaciones clandestinas se rigen por una doctrina fuertemente apegada al pensamiento más conservador de la iglesia católica mexicana y siguen vivas, pero, a diferencia, por ejemplo, de lo sucedido en Europa donde las estructuras de extrema derecha han ganado fuerza y poder de representación en Francia, Italia, Alemania o España, en México ese tipo de organizaciones de extrema derecha tienen muy poca relevancia política.

Las causas de las derechas en México

El catálogo de planteamientos de las derechas mexicanas no es muy diferente a la de las derechas en América Latina. En opinión del periodista especializado Ernesto Núñez sus grandes temas son: anti legalización del aborto y del consumo de drogas; discursos anti feministas y contra las leyes y derechos de la diversidad sexual y, por supuesto, un fuerte discurso anti comunista con la Venezuela bolivariana como ese gran Satán al que todo discurso de derechas latinoamericano debe apelar.

La investigadora Tania Hernández considera que las viejas demandas de las derechas de toda la vida siguen vigentes con el añadido de la reciente reacción anti feminista y en contra de todas las agendas de género. Para esta investigadora lo que está sucediendo en América Latina es “una politización reactiva de lo religioso que tiene que ver con la agenda por los derechos sexuales y reproductivos” que aplica en México como para todos los países de nuestro entorno.

Álvaro Delgado cree que las derechas en México hoy defienden el status quo y los privilegios de las élites empresariales y económicas, por ejemplo, en términos fiscales y de acceso privado a servicios como la salud y la educación.

“En el ámbito religioso –agrega Delgado– las derechas mexicanas defienden la tradicional agenda conservadora de la iglesia católica en defensa de la familia convencional con su oposición rotunda al aborto y a los matrimonios entre personas del mismo sexo”.

Por lo que respecta a la lacra de la narco violencia en México las derechas se muestran, ahí sí, monolíticas. A pesar de los terribles fracasos con decenas de miles de muertos durante el sexenio del presidente conservador del PAN Felipe Calderón (2006-2012), las derechas mexicanas siguen asumiendo que la estrategia de la mano dura militar es la correcta contra una violencia que no para de aumentar en los últimos años.

¿Es López Obrador un presidente de derechas?

Para Luis Ángel Hurtado Razo al presidente Andrés Manuel López Obrador (AMLO), que creció política e intelectualmente en la doctrina priista, no se le puede considerar “de derechas” solo por estar muy cerca de la religión. Para este profesor de la UNAM, López Obrador forma parte de una “izquierda moderada” que llega al poder con un discurso “partidario de la igualdad” y –considera– que dentro de la igualdad “está el respeto al derecho de la libertad de creencia”.

AMLO estaría situado, según Hurtado Razo, en esa izquierda latinoamericana que considera que “la vía para la transformación y la igualdad no es mediante el uso desproporcionado del Estado en contra de la libertad de culto, sino más bien el respeto para decidir sobre su fe”.

Para Delgado, la cercanía que López Obrador mantiene con los grupos religiosos “hay mucho pragmatismo”. “Él entiende –opina el periodista– que México es un país mayoritariamente religioso y que no puedes gobernarlo si te peleas con las creencias de las personas”.

Más allá de las creencias religiosas del actual presidente, diversos intelectuales mexicanos se han preguntado críticamente en estos últimos tiempos si muchas de sus acciones no podrían ser consideradas de derechas por su acentuado caudillismo, su tendencia al pensamiento autoritario, anti feminista, vertical y dogmático; su gran cercanía con militares y grupos religiosos; sus ataques a toda la prensa que critica o no sigue sus dictados; o su marcada tendencia a no reconocer errores y lanzar cada día en sus mañaneras eslóganes populistas y nacionalistas que tratan de marcar la agenda de la actualidad mexicana pero que en ocasiones suenan como a retórica rancia del siglo pasado.

La fractura mexicana

Más allá del debate sobre las derechas, parece claro que en México cada día se acentúa más eso que el antropólogo y pensador Roger Bartra ha llamado “la fractura mexicana”. Se trata, según explica, que las contradicciones internas y las incoherencias en cada uno de los campos contrapuestos acaban siendo la causa principal del quebranto político que sufre el país. Según opina Bartra, “el problema radica en el trágico hecho de que las tradiciones conservadoras tienen un peso excesivo tanto en la derecha como en la izquierda. Cada uno a su manera, los dos polos políticos, están empapados de un fuerte conservadurismo:

en la derecha se trata de la reacción católica tradicional y en la izquierda de un populismo nacionalista arcaico”.

Siguiendo la idea de Bartra, puede que este análisis debiera plantear que la cuestión no es ni el dónde se ubica hoy la derecha en México (es transversal y está en todas partes); ni tampoco el cómo se comporta y cuál es su agenda (más o menos la misma que en otros lugares de América Latina). Igual lo que deberíamos preguntarnos y analizar en el caso de este país de paradojas es ¿por qué para tantos mexicanos sigue siendo tan difícil salir de ese closet político y decirse de “derechas”? ¿Por qué “la derecha” sigue teniendo, hoy como ayer, tan mala prensa en México, un país en el que gran parte de su población es o actúa de forma conservadora?

KIT DE LA DERECHA MEXICANA

Todo mexicano–aunque no lo sepa– tiene el corazón a la derecha.

Chile, tomate y cebolla. Verde, rojo y blanco. Patria, religión y familia.

La derecha mexicana es transversal a partidos y cuerpos sociales. Contradictoria y adaptable a una sociedad que es capaz de ser, al mismo tiempo, revolucionaria pero institucional; oficialmente laica pero profundamente católica.

En México nadie se autodefine de derecha, todos prefieren llamarse conservadores "orgullosamente mexicanos".

Ser de derechas tiene mala prensa en México por el recuerdo nostálgico de una revolución progresista que acabó convertida en un mito reaccionario que siempre invita a mirar a un pasado imaginario.

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