¿Es posible que la solución venga de los que la han provocado?

Una pregunta que Jaime Garzón hizo hace más de 20 años hoy, en tiempos de paro, retoma una nueva vigencia. Le pedimos a siete personas —académicos y artistas— que se atrevieran a darle una nueva respuesta a Garzón.

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El humorista y periodista Jaime Garzón, durante una conferencia en 1997 en la Universidad Autónoma de Occidente, en Cali, se refirió a diversos temas de interés nacional como la política, el medioambiente, la educación y los derechos humanos. Creía que la sociedad civil podía hacer un cambio, y decía que el bienestar general era (y es) un compromiso de todos.

Reprochaba, sin embargo, que la energía se contuviera en el silencio en lugar de encauzarse en la organización social. Y reprochaba, en sus palabras, a la élite. Garzón lanzó aquel día la pregunta: ¿Es posible que la solución de la crisis nacional venga de allá mismo, de los que la han provocado?

Su propuesta hoy, cuando ocurre un paro nacional que pronto cumplirá un mes, recobra vigencia en medio de la incertidumbre.

Le pedimos a varias personas —académicos y artistas— que que se aventuraran a una respuesta: Edson Velandia, músico y compositor; Iván Orozco, asesor de la delegación del Gobierno de Colombia en las negociaciones de paz con las FARC en La Habana; Laura Quintana, filósofa e investigadora de la Universidad de los Andes; Daniela Abad, directora de cine; Francisco de Roux, jesuita presidente de la Comisión de la Verdad; Imelda Daza, excandidata vicepresidencial por la Unión Patriótica y, por último, Camilo Quintero Giraldo, abogado y delegado de la Clínica Jurídica de Medio Ambiente y Salud Pública de la Universidad de los Andes.

Estas fueron sus respuestas.

La dificultad para que esa lógica que plantea la frase de Garzón sea eficaz radica en que nuestra cultura política es muy precaria. Somos un pueblo con una formación política casi nula, gracias a nuestro sistema educativo doctrinario en favor de la producción industrial y no de la exaltación de la naturaleza y de la vida humana digna, lo cual no nos deja entender a cabalidad dónde radica el origen de la desgracia y a veces ni siquiera nos permite identificar dicha desgracia. Si no somos capaces de identificar a los gobernantes como causantes de este conflicto no podemos tampoco entender nuestro lugar en las soluciones.

Ese análisis era evidente hasta hace un mes. Luego del paro hemos visto que ha surgido una nueva forma de organizarnos y autoeducarnos políticamente en un ejercicio participativo que no propone ni siquiera el tema electoral como una opción.

Es decir: aprendemos a ser haciendo, apropiándonos de nuestra responsabilidad de crear otra realidad desde la calle. El paro no solo ha demostrado que queremos lograr un país nuevo sino que el paro mismo ya pintó cómo podría ser ese país nuevo: cultural,  pacífico, artístico, festivo, solidario entre las diferencias, pero intolerante con el autoritarismo y el patriarcado.

Ahora siento que estamos 50/50 en el balance de ignorancia y conciencia política. Antes ese balanza estaba recargada dramáticamente en favor de la ignorancia o la falta de interés político. 

La respuesta a la frase de Garzón en la actualidad es un llamado al trabajo comunitario y voluntario. Porque los generadores de nuestra guerra no son solo unas familias poderosas, sino un modelo social que ellos defienden con brutalidad, el cual privilegia lo económico por encima de la dignidad y los derechos de las personas y de la naturaleza.

Ese modelo es el que debe cambiar antes de que la misma naturaleza lo cambie por su propia fuerza, y nosotros, por obra u omisión, somos nuestros propios causantes de que el modelo se mantenga o se replantee. Así que tal vez a la pregunta en cuestión haya que responder es si es posible que la solución venga de los que hemos ayudado a provocar la crisis. Habría que anotar, como salvedad, que los y las jóvenes son recién llegados y por tanto no pueden ser señalados como coautores de la desgracia. Aún así, tienen un papel trascendental en la reflexión de país y su restauración.

Jaime Garzón pronunció esta frase hace ya algo más de 20 años. Al referirse a una ‘crisis nacional’ seguramente aludía a una intensificación del conflicto armado que se daba en Colombia, en aquel entonces, por el encuentro siniestro entre violencias del narcotráfico, el paramilitarismo, la guerrilla, el Estado, los cruces brutales entre ellas, y las consecuentes formas de desposesión de la tierra, y el desplazamiento interno forzoso de millones de personas dentro del país. Si por crisis entendemos una situación difícil y agobiante, parece ser que no hemos dejado de estar en ella, a pesar de que el conflicto armado se desescaló con la firma del acuerdo de paz con las FARC y la desmovilización de esta guerrilla. 

Hoy, con un gobierno que se ha propuesto “hacer trizas” este acuerdo y que parece haber perdido toda representatividad, vuelven a recrudecerse también las formas de violencia en los territorios, y se despliegan distintas estrategias para gobernar a través del miedo, mientras se acentúan formas de precarización producidas por un modelo económico-social, que no se ha cuestionado en los últimos veinte años. De modo que si la idea de crisis también alude a una situación que va indicando cambios significativos en una situación, o la intensificación de ciertos síntomas, no creo que las violencias estructurales en Colombia puedan caracterizarse de ese modo. Sin embargo, la creciente insatisfacción en el país y en otras partes del mundo (Chile, Argentina, Ecuador, Francia), visibles en las manifestaciones de protesta que recientemente se han dado, parecen indicar que se siente la necesidad de un cambio profundo con respecto a un modelo económico neoliberal que está produciendo cada vez más pobreza y destrucción del planeta. En este sentido, el neoliberalismo parece padecer una crisis, que en realidad también se ha prolongado por varios años, si recordamos por ejemplo los reclamos del entonces famoso movimiento Occupy Wall Street y diversas manifestaciones de protesta popular, que se dieron en 2011.

En el caso específico de Colombia, las recientes protestas multitudinarias parecen indicar también el debilitamiento del uribismo, y con esto, la posible crisis de una ideología muy vinculada con el paramilitarismo y su proyecto de afianzar, a toda costa, el poder de élites regionales del país, asociadas también, en muchos casos, a consorcios trasnacionales.

Pero más allá de la cuestión de la crisis, pienso que Garzón se hacía la pregunta para sugerir, de manera irónica, una respuesta negativa. Y concuerdo con esta respuesta, pues unas estructuras que han producido constantemente desigualdad y violencia, y ciclos de intensificación, con leves cambios, sólo se reproducen a ellas mismas. De modo que el cambio no puede venir de las lógicas que han prevalecido en las élites del país sino a través de una acción ciudadana que logre poner en cuestión estas lógicas. A mi modo de ver, están en juego lógicas coloniales (clientelares, racistas, patriarcales) que, en Colombia, se han vinculado con racionalidades economicistas y han dado lugar a mentalidades mafiosas, irreflexivas, poco empáticas, que se han reproducido inercialmente e incorporado. Cambiarlas requiere movilizar lógicas igualitarias, que alienten el deseo de transformación y de afirmación de la diferencia, evocando también una contrahistoria compleja en el país, desplegada en diversos movimientos populares indígenas, estudiantiles, campesinos, afro que han confrontado tendencias hegemónicas desigualitarias. 

Asimismo, pienso que la posibilidad de cambio requiere dejar de pensar de manera uniforme y estática las realidades sociales, para hacer valer el conflicto que anida en ellas y que eventualmente nos puede sorprender con transformaciones imprevisibles. Algo así estamos experimentando con las protestas ciudadanas que se vienen dando y sus creativas formas de manifestación. Son estas las que ya están indicando sutiles transformaciones en las mentalidades y las que pueden presionar que puedan darse cambios a mayor escala, no sólo evitando que el gobierno actual adopte medidas perjudiciales para la mayoría, y alterando en algo a sectores de las élites, sino posiblemente afectando también los comportamientos electorales y la elección de unos gobernantes que puedan, al menos, asumir con mayor responsabilidad su función de representatividad popular. Quizá no son aún cambios estructurales notables pero sí alteraciones que eventualmente podrían irlos propiciando. Y nada asegura en todo caso que se puedan dar.

Es muy improbable que quienes originaron la crisis social y política en que hoy estamos hundidos quieran contribuir voluntariamente a la solución de la misma. En general, las élites tradicionales no existen sino para reproducir su dominio social y político. Pero sí es posible conseguir que negocien un contrato social y político más abierto e incluyente, bajo la presión pacífica de una ciudadanía plural, vibrante y creativa. 

La extrema desigualdad social, la exclusión y el desangre que hemos sufrido han tenido entre sus causas más profundas la persistencia de un sistema social y político excluyente que se reproduce cómodamente en la violencia. En la Colombia del clientelismo y de la guerra, los liderazgos nuevos suelen ser cooptados o suprimidos. El asesinato de líderes sociales en las regiones lo confirma. Pero hay signos de cambio. La elección reciente de alcaldes y gobernadores desbordó los límites del clientelismo partidista tradicional.

Y lo que es igualmente esperanzador, las movilizaciones de los últimos días son una escuela en la que se están formando una nueva ciudadanía y nuevos liderazgos sociales y políticos. El vandalismo de pocos ha sido notorio, pero, sin duda, menos importante que el comportamiento pacífico de muchos. Para poder caminar hacia la paz, la democracia cerrada de hoy deberá ser reemplazada, no tanto en el papel como en las prácticas ciudadanas, por una menos confesional y más procedimental. Sus instituciones deberán articularse en torno a un mejor equilibrio entre participación y representación. 

La exigencia creciente de respeto por el acuerdo de paz con las FARC es un paso importante en la dirección correcta.

 

En Colombia estamos obsesionados con las clases sociales. Dividimos siempre todo bajo ese criterio, que puede ser una realidad nacional, pero no me gusta clasificar a la gente por su posición social. El cambio puede generarse a cualquier nivel y no tengo prejuicios. Me interesa más pensar en la gente por sus opiniones y creo que esas no necesariamente dependen de la clase a la que pertenezcan. ¿Si la solución de todo está en las clases altas? No creo, creo que está en todas las clases y, aunque no lo sé con certeza ni por números, me imagino que muchas personas que pertenecen a la clase alta habrán salido a marchar. Este Paro Nacional lo caracteriza gente de todo tipo pero principalmente joven. No vi marchando a la gente de otras generaciones porque son generaciones a las que les cuesta más el cambio y siguen teniendo fundamentalmente mucho miedo. Y ese miedo, que meten a la gente sobre todo a través de los medios de comunicación convencionales, a la gente joven no le afecta tanto.

Han criticado del Paro Nacional: que ha sido muy vago en sus propuestas o que son muchas, entonces es difícil resumirlas en una, y se preguntan cómo se va a llegar a una solución a tantos problemas que se plantean. Eso puede ser cierto y, en realidad, me parece una fortaleza. La importancia del Paro es que muestra que en Colombia hay una sociedad distinta, que  no es la misma de hace unos años, y no está tan asustada: tiene menos miedo y por eso más fuerza. Es una sociedad que, de alguna manera, dice entre líneas generales que no puede seguir siendo gobernada de la misma manera en que siempre hemos sido gobernados. Es un cambio en el estatus quo de este país y eso me parece más importante, independiente de que no se llegue a corto plazo a una solución.  

Somos un país un poco más liberal y un poco más consciente gracias a que nos hemos liberado de unas problemáticas que han sido las de siempre. El Proceso de Paz hace que sean otras las preguntas que nos planteamos como ciudadanos y un cambio en las preguntas que nos hacemos, es mucho más fundamental que un cambio inmediato.

Es muy importante que todos participen. Por supuesto, en primer lugar, los que se abrieron a la protesta convencidos de que no se puede tolerar más lo intolerable, pero también es importante que participen los demás.

Antiguamente solíamos decir: “si usted no es parte del problema, puede ser parte de la solución”. Hoy esto cambia por “si usted es parte del problema, puede ser parte de la solución”.

En todo lo que ha pasado en el país, todos en formas distintas –unos por acción y otros por omisión o por no haber visto las cosas con claridad o por no haber actuado a tiempo o por no haber llevado inmediatamente la contestación a alta escala o por haberse quedado en silencio– tienen responsabilidad. Una responsabilidad es de los paramilitares, otra de la guerrilla, otra del Ejército, otra de los presidentes, pero también tienen responsabilidad los y las educadores y educadoras, los y las líderes espirituales, los medios de producción y la sociedad como un todo.

Establecer responsabilidades es bueno no para señalar enemigos, que eso tenemos que dejarlo de lado, ni para buscar culpables, porque no se trata de responsabilidades jurídicas –eso le corresponde a la Jurisdicción Especial para la Paz JEP–, sino para tener una comprensión de las formas en las que unos y otros, unas y otras, habiendo podido atajar para que las cosas no llegaran hasta aquí y no lo hicimos, ahora debemos asumir responsabilidades para que esto no vuelva a pasar.

En efecto, solo los que fueron parte del problema pueden ser parte de la solución. Interesante es que en Colombia, en una u otra forma, todos y todas estamos implicados e implicadas en haber llegado hasta aquí.

Se observa en quienes han provocado la crisis una actitud de oídos sordos: no quieren escuchar prácticamente nada. Cuando se reclama educación, crean el Ministerio de Ciencia y Tecnología. O sea: “aquí sí trabajamos por la educación pero no es la que ustedes piden”. Y cuando la gente reclama contra la reforma tributaria o contra la reforma pensional o o contra la reforma laboral, ellos se niegan a discutir los temas y dicen que la gente monta sobre ellos un paro con base en mentiras. No quieren discutir siquiera. Todo esto significa que hay un desprecio profundo por la protesta ciudadana, agresivo y ofensivo. Por lo tanto, es ingenuo esperar que ellos entenderán los reclamos y que se va a lograr alguna solución. No veo hasta hoy asomos de eso. 

Ahora, es posible que el paro adquiera otras dinámicas y que ellos se vean obligados a conversar, a debatir y a discutir soluciones, pero todo indica hasta ahora que no hay ese interés. Creo que el Gobierno aspira a agotar la capacidad de lucha del pueblo que está protestando. Creo en que confía en que la gente se cansará y se agotará todo y que el estado de ánimo caerá. Me preocupa, en serio, sentirme escéptica y sin perspectiva. Me preocupa también, y muy en serio, ese autismo del Gobierno. 

No veo en los interlocutores de quienes protestan una actitud que convenza al Gobierno, tampoco, y que influya sobre su actitud. Este es un momento de juventudes, es el futuro del país lo que está en juego y ese protagonismo le corresponde a los jóvenes. Claro, nosotros los mayores debemos y podemos estar ahí aportándole al análisis, sugiriendo, aprovechando nuestra experiencia de vida y madurez y nuestros saberes, pero el protagonismo es de la juventud y no veo muchos jóvenes como voceros de la masa que protesta y, esa masa, en un 80 % es juventud.

Sale a hablar en nombre de ellos un patriarcado impresionante, hombres y hombres mayores en su mayoría, e intenta colarse por ahí esa intelectualidad que nunca aportó mayor cosa, que nunca se comprometió seriamente con la búsqueda de soluciones a este país, pero que en estas ocasiones brilla porque escribe y dice algo buscando una posibilidad de figurar. Quisiera ver más jóvenes universitarios hablándole al Gobierno, no solo gritando en la calle. 

En mis años, que son casi 72 , y de vida activa en la política 52, nunca había visto una situación tan favorable a este pueblo como la que estamos viviendo. Nunca hubo tanto entusiasmo y tanto coraje, tanta decisión, por cambiar el rumbo a este país. Lo han hecho tan maravillosamente bien los jóvenes, apoyados en la música y consignas muy creativas, donde el arte ha salido a protestar. Los estudiantes, jóvenes, desempleados haciendo gala de sus talentos han exhibido una creatividad que ha evitado, reducido e inhibido la violencia. Desde Valledupar, no había visto nunca algo igual. Algo que pusiera al país en un punto de inflexión. Sí es posible que si hay un liderazgo acertado y quien interprete debidamente lo que está ocurriendo, surjan propuestas desde los jóvenes. 

Hoy el país es otro y lo demuestran dos grandes hechos históricos: en primer lugar, el Acuerdo de Paz entre las FARC y el Gobierno y, en segundo lugar, el Paro Nacional. En parte, es gracias al primero que hoy nos estamos movilizando, pidiendo una mejor educación, una mejor salud, una mayor protección al ambiente, un mejor trabajo y una mayor transparencia. 

Esto ha sido importante gracias a dos factores: primero, hoy no hay miedo para movilizarse, para protestar, para pedir en las calles de manera pacífica pero decidida e insistentemente unos cambios reales en la forma de gobernar y, segundo, hay una mayor organización que demuestra la convocatoria y la persistencia del Paro Nacional en las calles.

Gracias a los movimientos sociales de base es que hoy tenemos una manifestación que sobrepasa los 21 días. La gente está indignada y el Gobierno debe escuchar las propuestas que se han hecho y realizar los cambios pertinentes. Los problemas que hoy están agobiando a Colombia no son problemas nuevos, son problemas que vienen de décadas atrás. Hoy explotaron porque el país es otro, la gente no tiene miedo y seguirá en las calles hasta que se sientan escuchados. 

Es necesario que siga la movilización de manera organizada, pacífica y en todos los escenarios. Y es prioritario también escuchar a todos los movimientos y personas que han sido oprimidos y discriminados históricamente, a las nuevas ciudadanías, a las/los jóvenes y en general a los habitantes de las diferentes regiones del país. Tiene que ser un diálogo abierto, genuino, sincero. 

Para lograr ese cambio y ese diálogo efectivo la clase política tiene que escuchar y reconocer sus culpas. Deberá ser a través del diálogo, de los consensos entre todas y todos y del cumplimiento estricto y adecuado de la Constitución Política de 1991 y de los Acuerdos de Paz como se puede avanzar.